
Tarde de sol y taberna.
Tarde de vino y garganta,
de baraja y soleá,
de cante hondo y guitarra.
Curioso, el sol se filtra
por la mugrosa ventana.
Junto con el humo forma,
haces de luces doradas.
El ambiente huele a humo
de tabaco, a fritanga.
Huele a pobreza perpetua,
huele a simpleza aldeana.
¡Yo me encendí el cigarro,
yo vi el molino!
Cantan arrugadas voces,
que de arrugadas gargantas
van saliendo a borbotones,
como si de fuente, agua
fuera, cristalina y rica,
de manantiales del alma.
Cantan cuarenta en la mesa,
la suerte, que es siempre rara,
sonríe a algún parroquiano,
sonríe esta tarde en las cartas.
El vino corre a raudales;
el desasosiego amansa.
¡Se me apagó el cigarro,
perdí el camino!
Retorna con sus quejidos;
vuelve a cantar la guitarra.
Arrugada y quejumbrosa,
vuelve a alzarse la garganta.
Unos ojillos de niño,
desde su inocencia blanca,
quiere crecer cuanto antes,
desertar de la infancia,
cantar, como sus mayores
para alegrar su desgracia,
fandanguillos de taberna,
con vino, guitarra y baraja.
¡Perdí el camino, madre,
perdí el camino!
Ya se nos viene la noche;
la curiosidad apaga,
del sol tibio de la tarde,
su luz tranquila y dorada
que a través de los cristales,
se hacía presente en la tasca.
La noche va apagando ya,
las suertes de la baraja,
los fandangos machacones
y la voz de la guitarra.
¡Adiós, tregua de taberna
de vino, cante y baraja!
¡Se me apagó el cigarro,
perdí el camino!