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jueves, 29 de octubre de 2015

Nino Milhambres

Ahí está, sentado, en el Casino o en algún bar de la calle grande, o de la plaza, ahogando la pena en coñac o en vino, sólo, sin compañía alguna. Ahí va, paseando, por los alrededores del pueblo, con las manos en los bolsillos, sin nada que hacer, barrigón, con la cara porcina, con los ojos pequeños y la piel colorada, medio calvo, y los pocos pelos que le quedan, canos.
Yo lo conocí de otra forma, de otra condición. Hace ya mucho tiempo de eso, treinta o treinta y cinco años, más o menos. Nino era un muchacho flaco, moreno. Llevaba puesta siempre una gorra blanca que tapaba su tupida media melena, de pelo negro como el azabache, siempre alegre, siempre sonriente. Me acuerdo de él cuando iba por casa y preguntaba por mi hermano, y acto seguido, instantes después, salían los dos en dirección al río, con otros chavales, de pesca. Me acuerdo como si fuera hoy. Yo, un niño de apenas ocho o nueve años, los seguía. Me acuerdo que mi hermano se percataba de que los seguía y me tiraba piedras, o si me tenía cerca me pateaba el trasero para que volviera a casa, porque yo era muy pequeño para irme con ellos, que eran mayores, así que me tenía que ir, sí o sí. Recuerdo que era Nino el que siempre terciaba, y le decía, deja ya al chiquillo hombre, no le pegues, que se venga, total que daño hace. Yo entonces era el crio más feliz del mundo, me iba con los mayores, a pescar. Yo, entonces tenía a Nino casi como un héroe. Él, cariñoso siempre conmigo, me llamaba siempre mascota, yo era la mascota de la pandilla, el más pequeño, y yo siempre andaba revoloteando alrededor de Nino. El me enseñaba a pescar, a coger la caña, a tirarla, a poner el cebo, a recoger.
Aquellos años pasaron. Yo entre en la adolescencia, y Nino, mi hermano y los otros, la abandonaron. Ahí fue donde empecé a perder la pista de Nino. Se iban a otros pueblos, se echaban allí novia, se iban a la mili, volvían, se casaban. Nino se fue a la mili y cuando vino lo hizo con la firme intención de poner tierra de por medio. Unos se iban a Barcelona, otros a Madrid, otros al norte. Nino se fue a la Guardia Civil. Hizo las pruebas y aprobó. Se casó con su novia, una chica de El Monte, con la que Nino salía desde hacía algún tiempo, y se fueron a Madrid porque a Nino lo destinaron allí de primeras. Nino se fue como tantos otros, eligió Madrid y la Guardia Civil para huir del arado y de El Llano, esos de los que tan presto huimos, pero que tanto echamos de menos. Allí en Madrid estuvo unos años, no sé si muchos o pocos, algunos, los suficientes para que nacieran sus tres hijos y se malograra el embarazo de un cuarto.
Un buen día las malas llegaron. Destino al País Vasco, en plenos años de lodo y de miedo, en plena década de los ochenta, cuando un día sí y otro no, desayunabas escuchando la noticia de otro guardia muerto, de otro soldado, de otro policía, de otra bomba, de otra viuda, de otros huérfanos, de otra madre. Un buen día. ¡Qué digo! Un mal día, a Nino lo destinaron al País Vasco, a una casa-cuartel que era más fortaleza que casa cuartel, con muros altos de hormigón, y alambradas, y sistemas de seguridad a prueba de bombas. Allí, al principio, Nino se llevó a toda la familia, a la chica de El Monte, a sus tres hijos. Duró poco aquello. Nino tenía miedo a la ida o la vuelta del colegio, o a la salida de ella al supermercado o la carnicería del pueblo más cercano. La gente allí sabía quienes eran, lo que eran. La gente allí sabía que no eran unos inmigrantes sureños más que habían ido a quitarse el hambre en la construcción o en las fábricas, no. La gente sabía que eran inquilinos de aquella fortaleza que estaba a escasos diez kilómetros del pueblo, y los miraba con odio, a todos, a los niños también. Así que Nino se curó en salud y los mandó de vuelta a El Llano, primero. Luego se fueron a El Monte, con los padres de ella.
Fueron años duros, de miedo, de soledad, de mirar bajo el coche cuando salía de la seguridad de la fortaleza, de mirar de cuando en cuando para atrás, de no dar la espalda a la puerta cuando entraba en un bar. Sí; fueron años duros. Allí, en la casa cuartel había familias. Las familias de los guardias que estaban allí por vocación, hijos del cuerpo, nietos del cuerpo, casados con hijas del cuerpo, y que seguramente engendrarían futuros miembros del cuerpo. A veces Nino los miraba con envidia, como tenían asumido que un día, un mal día les podía tocar a ellos. Y las mujeres, con que entereza lo afrontaban, con que valor. Casi sentía vergüenza, él, que no había tardado nada en mandar a su familia bajo el amparo y seguridad de su tierra, él, que había preferido pasar en soledad aquel amargor, aquel miedo. Ni él ni su mujer estaban preparados para aquello. Él no era hijo del cuerpo, ni su mujer tampoco, ni sus hijos serían mañana guardias. Él solo quería huir del arado, de El Llano, de la pobreza en la que vivieron sus padres, su familia, una familia numerosa, el padre, el viejo Milhambres, la madre, nueve hijos, una casa que se caía a cachos, un pedazo de tierra que no daba nada de si para alimentarlos a todos, miseria, miseria y más miseria. A veces Nino se preguntaba si no hubiera sido mejor optar por la construcción, por la hostelería, por la fábrica. Sí, a veces lo pensaba. Pero él, a pesar de la pobreza, siempre fue espabilado, inteligente. Le gustaba estudiar, y como no iba a ir a la universidad, porque no, porque no había, porque tenía que echar una mano en casa, porque eran muchos, se sacó las oposiciones a guardia, así acabó la mili, como tantos otros, del sur, extremeños, andaluces, gentes que hoy estudiarían una carrera, cualquiera, en aquella época se tuvieron que contentar con las oposiciones a la Guardia Civil, o a la Policía Nacional, o a Correos, o...
Al principio de irse, Nino hizo gala de su ingenuidad. Se intentó poner en contacto con la gente de El Llano que andaba por allí, por el País Vasco emigrada. Indiferencia. Esa puede ser la palabra. Lo evitaban. No, no podemos quedar. No, no puedo bajar a echar un café, ni una cerveza, ni de chiquitos, es que tengo que hacer. No, no vengas Nino, no vamos a estar en casa, es que vamos a San Sebastián, de médicos. Pero si es sábado. Sí, bueno, y qué, es qué no puede haber médicos que trabajen los sábados. Un día, un paisano, un amigo de toda la vida de Nino, uno de la pandilla que iba a pescar con él y con mi hermano cuando eran chavales se lo dijo claro. Qué no, Nino, que no nos podemos ver. Mi mujer no quiere, y tiene razón. Esto es pequeño, todos nos conocen, tú eres guardia y si nos ven pueden pensar que...vamos ya sabes, que no es buena idea, ya nos veremos en el pueblo, en agosto, porque vas a ir, no, pero aquí no, si nos ves en la calle, mejor que ni nos dirijas la palabra, que estos tíos no se andan con chiquitas, que te dejan seco tirado en la acera de un tiro a la menor sospecha, menudos son, lo comprendes verdad, le dijo el paisano, que le hablaba con un acento del norte marcado, que se había comido al acento del sur, para pasar desapercibidos, para que nadie notara que venían del sur, que vieran que se integraban, sí, que eran nuevos vascos, padres de vascos, abuelos de vascos, y sus hijos hablarían euskera, y le llamarían "aita", no abuelo, en castellano,...
Fueron doce años allí, pero a Nino se le antojaron cien. Los hijos crecían, y él envejecía, lejos de ellos, viéndolos una vez al mes, cuando reunía cuatro o cinco días libres y tiraba para la tierra a verlos. Entonces fue cuando empezó a beber. Al principio poco. Luego...Un psicólogo del cuerpo le dio la baja, por depresión. Lo apartaron del servicio definitivamente hará diez años. Su mujer, la de El Monte, lo dejó, definitivamente. Sus hijos se fueron con ella. Nino se vino a El Llano, a casa de sus padres, a esa casa que se caía a cachos cuando él salió de ella para casarse. Ahora vive él solo con los viejos. Sus ocho hermanos, milhambres como él, se buscaron la vida, unos sin salir de El Llano, otros fuera, como Nino, pero no de guardias, como él.
De cuando en cuando voy a El Llano lo veo y lo saludo, le recuerdo cuando me llamaba "la mascota", cuando íbamos al río a pescar y él me enseñaba a tirar la caña, y a recoger, y a poner el cebo, paciente. El sonríe y noto un halo de nostalgia en su mirada. Sonríe y, por un momento, me parece la sonrisa de aquel chaval de quince años, moreno, con una gorra blanca y una sonrisa siempre en los labios. Aquel chaval al que la vida, y la indiferencia de los suyos le convirtieron en un alcohólico, que mira la vida pasar en el pueblo que lo vio nacer y que lo vio salir hace años, del que huyó hace años, y que hoy lo acoge, derrotado.

jueves, 10 de septiembre de 2015

El Abuelo.

Cae la tarde. El abuelo va con el niño por el camino del río. Lleva puesta su vieja boina negra, su camisa verde siempre remangada, sus pantalones grises, sus zapatillas de fieltro azul. Empieza a hacer calor. Es abril, quizá mayo. El abuelo lleva un saco de red rojo doblado en las manos. El niño va delante de él, trotando cual potrillo desbocado. El abuelo se para, en esa zona hay cardillos, o espárragos en aquella otra de allá, junto a aquella acequia. Se agacha. Enseña al niño a diferenciar los cardillos de las yerbas comunes, o lo enseña a ver los espárragos escondidos en las espesas esparragueras verdes que se esconden en los pedregales, o tras los muros de las acequias.
La tarde es joven aún, y el abuelo y el niño caminan por el camino que lleva al río, camino de la senara, de la tierra que aún trabaja el viejo, a pesar de sus años y de sus achaques. El abuelo se vuelve a parar junto al desagüe, y mira allá a lo lejos, hacia los juncos que pueblan sus riberas. Por allí, junto a los juncos, enterró el abuelo al Rubio, aquel perro labrador tan bueno, tan manso, del que tanto le han hablado al niño. El niño no se acuerda del Rubio, y el abuelo, sonriente le dice que como se ha de acordar si todavía no había nacido cuando el Rubio se murió.
Llegan a la senara. El maíz apenas ha nacido, recién sembrado como está. El abuelo, siempre seguido por el niño, comprueba que el espantapájaros que reina en medio del trigal siga en pie, y no lo haya tumbado el viento. También comprobará que las pequeñas plantitas de tomate están bien, bajo el plástico blanco del semillero. El niño lo sigue a todas partes, como un perrillo juguetón, prestando atención a lo que el abuelo le dice, o le indica. Al niño le gusta oírlo cuando mira al cielo y sentencia si va a cambiar el tiempo o no, o cuando le dice uno de los miles de refranes que se sabe, o le indica cual es el nombre de este o aquel pájaro, o de este o aquel árbol.
El niño y el viejo se sientan juntos en el brocal de la acequia que por allí cercana pasa. El abuelo sacará la merienda de una bolsa blanca, chorizo rojo y pan, que cortará con su navaja. Ordenará al niño que coma, o la abuela se enfadará con los dos. El niño comerá, y después beberá el agua fresca y cristalina que el abuelo sacará del pozo, y que le dará en una vieja taza de zinc que guarda en el cobertizo. El niño recuerda cuando el viejo tenía las vacas, y le daba un poco de leche recién ordeñada en esa misma taza. El niño no volverá nunca a beber una leche tan rica, ni un agua tan fresca.
El niño y el viejo ríen. El abuelo desfruta sentado con el nieto, en medio de la tarde, y contesta paciente a sus muchas preguntas. A veces el niño le pregunta por la guerra, y el abuelo se pone triste, y contesta con monosílabos. Para el niño la guerra no es más que uno más de sus juegos de niño. No es más que una película, donde los buenos ganan y los malos pierden. La guerra es algo inocente para él. Sabe que el abuelo estuvo en una guerra, que tenía un viejo fusil Máuser, y un viejo casco alemán que le salvó la vida dos veces. El niño se lamenta de que el abuelo no se trajera el fusil y el casco de la guerra. Si lo hubiera hecho, el podría jugar con ellos, a eso mismo, a la guerra. Pero no se los trajo. El niño nota al abuelo incómodo, triste, monosilábico. A pesar de su inocencia sabe que no se pueden traspasar ciertas líneas. Jamás le preguntará si mató a alguien. El niño no lo sabe. Imagina que si, porque en la guerra se mata, pero jamás hará la pregunta, y cambiará de tema, hacia cualquier otra cosa, hacia un pájaro, hacia un árbol, hacia una nube, y poco a poco, la sonrisa volverá a iluminar la cara del abuelo.
El sol empieza a irse hacia Portugal. El abuelo anuncia al niño que es hora de volver a casa. Se echará el saco con los cardillos al hombro, y acariciará al niño en la cabeza. Desandarán los dos el camino del río hacia el pueblo. Llegarán entre dos luces a la casa, y encontrarán a la abuela preparando la cena. El abuelo se lavará las manos, se sentará en la sala a "ver el parte" en la tele en blanco y negro que preside la estancia. Se sentará en torno a la vieja camilla, redonda y grande, y el niño se sentará a su lado, con un libro, con una libreta, los deberes. El viejo le ayudará. Al niño le gusta la letra y los números que dibuja el abuelo, tan limpios, tan bonitos, tan simétricos, tan pulcros. Se diría que el abuelo ha sido contable y no campesino. El niño recuerda aquellos cuadernos donde el abuelo anotaba cada saco de semillas, de abono, de nitrato, de pienso; con aquella letra y aquellos números, y como a él le gustaba admirarlos. Para el niño, el abuelo es el más sabio, algo así como un mago. Un día le talló una billarda con un palo y una tabla, con la única ayuda de su vieja navaja, y el niño era la envidia de la calle, con su billarda nueva, tallada por el abuelo.
Pocos años después, un verano, el abuelo se cansó de vivir y se fue. Aquel día el niño se aguantó las lágrimas. Lo prometió a la abuela. Prometió que sería fuerte y no lloraría. Lo prometió y lo cumplió. Esas lágrimas son las que el niño vierte hoy, muchos años después, hombre ya, lejos de El Llano, lejos de su tierra, frente a una cuartilla blanca, recordando...

lunes, 24 de agosto de 2015

Limpieza.

Hoy no se nota tanto. Tanto da verano que invierno. Pero cuando yo era niño no era así. El verano, en El Llano, era algo así como tiempo de provisión. En el verano se trabajaba para ganar lo suficiente para poder pasar el invierno. En el verano había trabajo, sino en un sitio, en otro. También era la época de la limpieza de la casa, algo así cómo una limpieza especial y a fondo. Las mujeres, en agosto, ponían la casa patas arriba, se encalaba, se limpiaba, se restregaba, se volvía a encalar, limpiar y restregar, los patios, los corrales, los doblados, las fachadas con sus zócalos, las puertas, las ventanas, los cristales. Con una caña larga se llegaba arriba, alas vigas de madera, centenarias, y se limpiaban y se deshacía el laborioso trabajo que las arañar tejieron durante la primavera. Se llamaba al albañil para que corriera el tejado, y quitarra los matojos que crecieron al final del invierno, y su rocío helado, o al amparo de las lluvias de la primavera. Para encalar la fachada se llamaba al calero. 
La vieja casa, centenaria, quedaba limpia y reluciente, y durante semanas olía a cal nueva, y a sosa, y a jabón. Se barnizaban los viejos muebles, se lavaban las cortinas. Las mujeres de las casas caían rendidas y exhaustas, pero orgullosas por el trabajo. Si por un casual te veían con la pelota en la mano camino del patio recién encalado, con la intención de estrenar las paredes, ahora blancas como la nieve, te podías ganar una reprimenda con colleja incluida.
Hoy poca gente espera a agosto para hacer la limpieza. Los tejados ya no son aquellos, desiguales, de tejas rojizas colocadas una sobre otras, con desigual armonía. Hoy, los tejados son nuevos, uniformes, iguales. Las tejas van pegadas unas a otras, en filas iguales, como si fueran soldados en un desfile militar, perfectamente hechas para no dejar pasar el agua, y no necesitar por muchos años del maestro de obras. Ya no hay fachadas ni zócalos que pintar, pues se ha impuesto el granito y el gres, igual de uniformes e iguales que las tejas. Ya no hay lugar para el caldero, pues todo es pintura plástica.
Hoy las casas de El Llano son todo, menos rústicas, y son tan cómodas cono cualquiera de la ciudad. Los angostos son menos angostos en El Llano. Qué desilusión para los que hoy gustan de lo rústico en las ciudades, para los que lo antiguo se ha convertido en modernidad, para los que la desigualdad de antaño es un faro de modernidad. Que contrariedad que el encalado de las paredes resulte de lo más chic aquí en la ciudad, al igual que aquellos muebles de mi infancia. 
Voy a restaurantes, aquí en Madrid, con sus paredes blancas, simulando la cal de las paredes de las casas de mi pueblo, de las antiguas casas de mi pueblo. Qué desilusión, Señor, si se pasaran por El Llano, y comprobaran que en su mayor parte se ha convertido en un apéndice de la ciudad. El ladrillo ocupó el lugar del viejo mortero, la vieja piedra, la blanca cal, la parda teja. La calefacción central desplazó al antiguo hogar, y el aire acondicionado se cargó aquellas siestas tórridas de manta en el suelo y casa cerrada a cal y canto. 
No. Ya no hace nadie la limpieza en verano en mi pueblo. Nadie espera a agosto. El Llano es un mero grupo de casas, sin personalidad. La cal emigró a la ciudad; se vino conmigo, y la uso, cada agosto, para blanquear mis recuerdos...









viernes, 16 de enero de 2015

Navidad.

El primer recuerdo que me viene a la mente, de la Navidad en El Llano, es la niebla. Una niebla gris, opaca, pesada, plomiza, espesa. No como la niebla de Madrid, apenas una bruma ligera, no; una niebla de verdad, de las de no ver tres en un burro a una distancia de tres metros. Una niebla eterna, de las que se dejaban caer al alba y duraba hasta el ocaso, y así un día, y otro, y otro...

En mi infancia, en El Llano, la Navidad no era luces de colores, ni guirnaldas, ni nacimientos, ni árboles. Eso, todo lo más, lo veía uno en casa de la gente pudiente. En la casa común y corriente, por ejemplo la de mis abuelos, eso no existía. Se cenaba en Nochebuena en familia, si, y se tomaban las uvas en Nochevieja, claro, pero nada de guirnaldas, ni de luces, ni de nacimientos. Se diría que en aquella casa no había nada que celebrar. Quizá fuera porque mi madre se fue, murió un día de Nochebuena, años antes. Puede ser. Cuando alguien muere en una fecha de esas, la tristeza se encontrará siempre presente en esa casa, por mucho tiempo. El caso es que, en mi casa, la de mi familia, la Navidad no se recibía con mucha alegría.

Así pues, se contentaba uno con la niebla. Esos eran días en los que la escuela cerraba, venía la familia de fuera, eran días de lumbre en la cocina, en la grande y vieja chimenea que la presidía, de caldero, de brasero, de mesa camilla. Había tardes que la niebla se apiadaba y levantaba, se retiraba, parcialmente, lentamente, a mediodía, y la tarde relucía, y el pueblo recuperaba el tono blanco de la cal, y rojizo de sus tejados, el sol, débil del invierno reciente, convivía con el frío, y el cielo lucía un azul espléndido y luminoso. Por supuesto, era solamente una tregua, pues con la noche, volvía la niebla, que retornaba a enseñorearse de todo el valle, reclamándolo para si, con su vieja intensidad, haciendo valer sus poderes, pesados y plomizos.

El día de Nochebuena, alguien, algunos chicos, iban y venían por la calle grande, rascando una botella de anís vacía con una cuchara, golpeando una pandereta y cantando villancicos de puerta en puerta. Tras ellos, el silencio. La Nochebuena se vivía en cada casa, seguramente, de distinta manera. No deja de ser dura una cita, anual, en la que año a año, te das cuenta de que falta alguien a esa cita, que se sentaba en aquella silla del fondo, de espaldas al viejo aparador, bajo el retrato de los abuelos, que presidía la estancia, o junto a la ventana, o al pie de la puerta para poder así entrar y salir mejor desde la cocina.

El día de Nochevieja no era muy distinto. Alguien, ya viejo, decía que quizá este fuera su año definitivo. Aún así brindaba, y tomaba las uvas al son de las campanadas, dadas por el reloj de la Puerta del Sol, a través de la vieja televisión en blanco y negro. Se brindaba con cava, o con sidra, se tomaban turrones y mazapanes, se charlaba. Y fuera, en la calle, estaba la niebla, y el silencio.

Con los años, en mi pueblo, también se empezaron a adornar las calles con luces, y las casas con guirnaldas, con árboles y nacimientos. La Navidad empezó a ser una representación de mentira, como en todos lados. La prosperidad es lo que tiene, que es igual en todos lados. La gente sale esa noche, tras la cena, no como antaño que se quedaba en casa. La navidad es un  poco como en todos lados, ya no hay diferencia de una casa a otra, como cuando yo era niño. La Navidad es en color, con luces brillantes e intermitentes, con falsos paisajes nevados. Se consume, se come, se bebe, todo en demasía, no sabe uno bien por qué, quizá porque lo hacen en todos lados. Pero fuera, en la calle, cuando uno sale, la que sigue siempre ahí es la niebla, pesada, plomiza, omnipresente; para recordarnos quizá la Navidad que fue. Quién sabe. Todo ha cambiado en El Llano, menos la niebla.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Los Santos.

Son Los Santos, y todas las mujeres de El Llano, pujan por poner el ramo de flores más grande y más hermoso a sus muertos. Voy con mi abuela Natalia al cementerio viejo. Entro y salgo de él, juego con otros niños en el hueco de los grandes eucaliptos de la entrada. Me canso de jugar, vuelvo a entrar en el cementerio viejo, no veo a mi abuela, estará en el nuevo. La busco allí, la encuentro. Está limpiando la tumba de mi madre. Voy junto a ella. me mira. La miro. Miro la tumba. Me dice que rece. Rezo. ¿Te acuerdas de tu madre? Vagamente, me acuerdo, de cuando estaba mala, y vino de Madrid con un caballo de plástico con ruedas para mí,contesto.  Mi madre venía de Madrid, con las huellas de la enfermedad en la mirada, y yo la extrañaba y me escondía tras las piernas del abuelo Ramiro, que me decía, anda, mira, si es Mama. Dale un beso; y yo seguía allí, pequeño, tímido, mirando a aquella extraña que me ofrecía aquel caballito con ruedas. Llegó un día que aquella extraña, mi madre, se fue para siempre. Y yo fui creciendo. Pobre, me decían, si tu madre estuviera aquí para verte; si te viera tu madre, y viera lo que has crecido, ella, la pobre, que se fue cuando tu no eras más que un bebito. ¿Té acuerdas de ella? Y vuelta a empezar, y vuelta a contar lo del caballito con ruedas cuando venía de Madrid, tan delgada y tan enferma, y así iré creciendo, entrando en la adolescencia, en la juventud, y aquel recuerdo estará perpetuo en mi mente, pero nadie me preguntará ya por él, porque quien me preguntaba, mi abuela, mi abuelo, también se irán.

Rezo y me salgo, y huelo el aire fresco de la tarde, y el aroma de los eucaliptos. Un grupo de niños se dirige al cementerio viejo, a la tumba sin nombre, donde, según cuentan, un cura y un soldado yacen, enterrados en el mismo nicho. Lo saben, porque la tumba es un nicho bajo, curvo por arriba, encalado, y tiene un agujero arriba, por donde se puede atisbar lo que hay dentro de la sepultura. Los chicos pujamos por subirnos a lo alto del nicho, y mirar lo que hay dentro. Todos lo hacemos. Yo, también. miro, y no veo nada, pero cuando baje, contaré que he visto la botonadura del uniforme del soldado, que es azul. Y que he visto la sotana negra del cura, y sus huesos, calaveras incluidas. Otros mentirosos me apoyarán, y afirmarán haber visto lo mismo. Lo cierto es que el miedo, y la oscuridad del interior de la tumba, hacen que en realidad no veamos nada, y el soldado y el cura, sea producto de una bravata de chavales, que desde hace tiempo, ocurre en El Llano, tantos como años lleva agujereada la vieja tumba, eso si, sin nombre. Pronto, alguien, adulto, quizá el cura, o uno de los municipales, nos llamará la atención, nos pedirá respeto en un lugar tan sagrado, y nos echará de allí. La verdad, es que esa tumba siempre estuvo vacía. No había en ella nadie, ningún cura, ningún soldado, nadie, y si los hubo alguna vez, hacía años que los sacaron de allí. Me enteraré años después, de mayor. Me lo dirá uno de los operarios del ayuntamiento, amigo y compañero mío, cuando recordemos aquellos años, y aquella tumba, y el me diga que aquellos nichos fueron derruidos, por que amenazaban caerse, y él, que estuvo presente, lo vio, y allí, no había nada.

Anochece. Voy donde mi abuela, que está dando los últimos retoques a la tumba de mi madre. Nos paramos frente al nicho. Silencio. A la abuela se le escapan unas lágrimas. Antes de irnos, se para a hablar con otras mujeres, ante otras tumbas. Padres, madres, hijos, nietos de El Llano. Conocidos todos. Unos enterrados hace tiempo. Otros, difuntos recientes. Antes de irnos, nos volveremos a pasar por el cementerio viejo, para ver la tumba de los abuelos, de los padres de mi abuela, limpia, blanca de cal, reluciente, atiborradas de flores, rojas y blancas. Una vez más, como cada año, la abuela dirá entre dientes que el día que ella no esté, nadie se ocupará de la tumba de sus padres. Salimos. El cementerio se ve limpio y blanco a esa hora de la anochecida, iluminado por cientos, miles de cirios, encendidos a la noche que va cayendo. Según vamos hacia el pueblo, miro hacia atrás, y los cirios encendidos hacen un efecto, luminoso en la noche. Es como si cada cirio representara a una de las almas de los que allí yacen, y todos juntos realzaran esa última morada.

Va refrescando. Llegamos a casa. Cenaré y me acostaré. Pensaré en mi madre, desconocida, de la que apenas tengo unos vagos recuerdos. Años después, ya mayor, veré sus huesos. Será tras la muerte de mi padre, poco antes de enterrarlo en aquel mismo nicho, junto a ella, en aquel mismo nicho que mi abuela con tanto ahínco limpiaba cuando yo era niño. Antes del entierro hubo que sacar los huesos de mi madre, y uno de sus hijos, yo, tuvo que estar presente durante la operación. Me sorprendió ver sus huesos, aunque tengo que decir, que asistí con interés. No recordaba de casi nada de mi madre, y por fin la iba a ver, aunque solo fueran sus huesos, como así fue. Cuando el enterrador sacó los trozos astillados y podridos por el tiempo del ataúd, y sus calavera y sus huesos, recé, como cuando era niño e iba con mi abuela a limpiar aquel nicho el día de Los Santos. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Los de fuera.

Era últimos de julio, principios de agosto, y ya se empezaban a ver los coches de los de fuera por el pueblo. Matrículas de Madrid, de Barcelona, de San Sebastián. Venían con sus 131 Supermirafiori, sus Simcas 1200, sus Citroen X Palas o sus Seat 124. Con la baca cargada hasta los topes. Venían los de fuera, los que se fueron una o dos décadas antes a ocupar barrios de bloques construídos a mansalva en la periferia de las grandes urbes, atraídos por la voz de las sirenas del desarrollismo tardofranquista. Dejaron El Llano y la comarca de La Vega. Ya se habían enterado que lo de la puesta en marcha del plan transformador de los 50, aquello de entregar tierras a quien no las tenían, e irrigarlas con el agua del Guadiana, no funcionaba. No les funcionó a sus padres, y ellos no se dejaron engañar,o no tuvieron paciencia, porque el hambre no engaña a nadie, no entiende de paciencias, el hambre es veraz, como el agua de un río, o como una tormenta de primavera, o como la escarcha del invierno. No se dejaron engañar y se fueron, a ocupar puestos en la construcción, o en la industria, a ahorrar y a trabajar como mulas para comprarse un piso en Alcorcón, o en Baracaldo, o en Hospitalet de Llobregat, y una tele, y un coche, y una lavadora automática, y volver en verano a El Llano, con su flamante coche, y ver a sus padres cada vez más viejos, y comprobar como nada cambiaba en aquel viejo pueblo del que salieron, como cada vez había menos cosas que les unían a él, quizá unos padres que se iban haciendo ancianos, unos recuerdos, según se mire, poca cosa.

Venían todos, con el calor del verano. Venían casados y con una prole de chicos. Chicos que nosotros veíamos distintos, que no los veíamos como nosotros, que éramos muchachos  de pueblo, y que nos contentamos con jugar al fútbol en el atrio de la parroquial de San Jaime, o a las canicas. Que conservamos un tebeo atrasado como oro en paño, y que los releíamos una y otra vez, que nos conformábamos con ver espagueti westerns, repetidos hasta el cansancio una y otra vez en el vetusto y anticuado Cine Hoolliwood. Chicos que traíann unas bicicletas de ruedas pequeñas y gruesas, plegables, perfectamente engrasadas, flamantes, con frenos y luces, y no como las nuestras, hechas a trozos, con el chasis de una vieja que usó el abuelo durante cuarenta años, y el manillar de otra del tío nosequién, sin frenos, y a las que les suenan todos los hierros, con unas ruedas desgastadas hasta la extenuación. Unos chicos que dicen que les "mola" tal o cual cosa, cuando quieren decir que les gusta, o que te llaman "tronco" o "colega", y dicen "chupi piruli", o "dabuten"; que se ríen de lo antiguos que somos, que pasan de ir al cine  porque esas "pelis" las tienen supervistas, que se ríen de los chabacano de la "disco" de verano del pueblo, hecha en un antiguo corral, o de la costumbre de vestirse de limpio los domingos, e ir a misa, que les divierte el pueblo, y el campo, que disfrutan de ellos, pero no lo sufren, porque para ellos, el viejo pueblo donde nacieron sus padres es eso, un viejo pueblo, un lugar de vacaciones, de retiro, de descanso, al que con el paso de los años, rara vez volverán, porque una mujer y unos hijos, ajenos más que ellos al pueblo, tiren de ellos hacia la costa, o a otros lugares de descanso y disfrute, y no hacia el viejo pueblo de sus padres y sus abuelos. .

Pero mientras son críos, vendrán cada año. Ellos, con sus padres, que son nuestros tíos, que han nacido aquí, que han perdido el acento, y nosotros los vemos distintos de nuestros padres, que al lado de ellos, nos parecen toscos y anticuados. Sentimos envidia de ellos, y soñamos con algún día volar de El Llano, e ir a Madrid, o a Barcelona, o a Bilbao, y bajar todos los veranos en nuestro flamante coche, con nuestra mujer y nuestros hijos. Y salir a "tomar el vermú" y no a "echar una cerveza", como hacen nuestros padres aquí. Los vemos más jóvenes que nuestros padres, y más abiertos. Comprobamos que han dejado atrás los viejos prejuicios pueblerinos. Comprobamos que han dejado atrás su pueblo, al que solo les une sus ancianos padres, a los que sus hijos llaman yayos, y no abuelo como se hace en El Llano, a los que ellos, cuando vienen, todavía dedican un día en ayudarles en las tareas del campo, para demostrar a su prole, quizá, que eran verdad las historias de siega y hambre que tantas veces les ha contado allá, en la gran ciudad,, y que ellos, sus hijos, tantas veces, incrédulos pusieron en duda, o tomaron por exageradas. .

Hoy, yo, he salido de El Llano. Vivo en Madrid. No tengo coche. Voy a mi pueblo de higos a peras. Hoy, ya nadie de aquí deslumbra a nadie de allí. Quizá sea porque hoy las diferencias  entre aquello y esto, no son tantas. Quizá sea porque tampoco lo eran entonces, y nos deslumbraba mucho el brillo de aquel coche que llevaban los de fuera, y no nos deslumbraba el esfuerzo que habían tenido que empeñar en comprárselo. Quizá fuera porque las luces de la gran ciudad siempre deslumbraron demasiado a las gentes sencillas de un pueblo. Puede ser. Cuando vuelvo a mi pueblo, las pocas veces que voy, me pregunto si los de allí me verán como veíamos entonces nosotros a los de fuera. Incluso, me preocupo en conservar el acento de allí, y de forzarlo, si es necesario cuando voy, porque se que los acentos cambian, y se pegan, o se pierden, o se modifican. Intento que el desarraigo no me torture aquí, y la pedantería no insulte a mis paisanos allí, cuando voy. No se si lo consigo. Sólo sé que cada día echo más de menos El Llano, y ya no me deslumbran tanto las luces de la gran ciudad, como deslumbraban entonces, cuando venían los de fuera, y ellos lo tenían todo, y nosotros nada, y ellos eran modernos, y se superponían a nuestra antigüedad vetusta y llana.

Hoy, ya no hay una invasión de los de fuera, entre julio y agosto. Muchos de ellos, hoy son unos ancianos, jubilados, que han vuelto a El Llano, a pasar sus últimos años allá. Sus hijos, aquellos chicos que iban verano tras verano al pueblo cuando yo era niño, quedaron aquí, en la ciudad. Son de aquí, morirán aquí, han echado raíces aquí. Todo lo más que tienen allá, es un padre anciano que decidió volverse a una casa, que durante años, fue su lugar de vacaciones. Hoy veo allí a estos ancianos de ahora, jóvenes de ayer, y ya no me parecen tan vitales, y tan desinhibidos, ni tan abiertos. Quizá es que hayan vuelto a encontrar su yo cuando han vuelto al pueblo. Cuando voy a El Llano y me topo con los que vivieron aquí en Madrid, cuando me paran para saludarme, me preguntan por esto. La nostalgia, pienso,el desarraigo, de una vida a caballo entre esto y aquello. Los veo a ellos, y me veo a mi con su edad, quizá en El Llano, paseando mi nostalgia de allí, y de aquí, mi desarraigo, y me maldigo mil veces por haber emigrado. Por haberme dejado deslumbrar por las luces de la gran ciudad, y me resigno a seguir un camino que ya no tiene remedio.

sábado, 23 de agosto de 2014

Contrabando.

Agosto. Hace calor en El Llano. Un calor apabullante, contundente, húmedo por la acción del gran rio cercano, por la acción de los regadíos. Voy por la Calle Grande, buscando la sombra. A lo lejos veo a un hombre. El hombre porta un gran bolso de viaje negro, en bandolera. Camina como yo, buscando la sombra, huyendo del sol radiante de mi pueblo en agosto. Mi mente viaja hacia atrás en el tiempo. Me lleva a mi niñez, cerca de aquel mismo lugar, en esa misma calle, sentado en el umbral de la casa de mi abuela Natalia, frente al Casino. Un hombre, desconocido, extraño, viene por la acera. Porta un gran bolso de viaje negro, pesado. Lo lleva en bandolera. Poco a poco se va acercando, su figura se va agrandando, hasta que llega hasta mí. Me sonrie, me toca la cabeza.
-Menino, dile a tua mae se querer café-, dice con un español con un marcadísimo acento portugués.
Es un contrabandista, un hijo de la raya, de la frontera. Su hablar denota que es portugués, pero seguramente por sus venas correrá la sangre de ambos lados de la frontera. Sus ancestros, de un lado y otro, se han ido mezclando, unos portugueses, otros españoles, a lo largo de los años, de los siglos. Tiene el pelo rizado, moreno, el rostro con barba de tres días, tiene un bigote negro y muy poblado, unos ojos vivarachos y alertas, me miran a mi, y al mismo tiempo en derredor mío, y a un lado y otro de la calle. Tiene miedo. Los contrabandistas siempre lo tienen. Es el sino de los hijos de la raya.
Entro en casa, aviso a mi abuela de que en la puerta hay uno que vende café. La abuela Natalia sale, abre la puerta, primero tímidamente, luego invita al forastero a pasar. En el pasillo se lleva a cabo la transacción, varios kilos de café, por varios billetes de cien pesetas, de quinientas, de mil. El desconocido sale de casa de mi abuela, se va, otra vez calle abajo, a tocar más puertas repartiendo café, en la tarde calurosa del verano.
Paso frente al bar de José Cabra. A la puerta, como siempre a esa hora de la tarde, tras la siesta, se empieza a oir el ruido de los que van a jugar la partida. Hay cosas que por años que pasen nunca cambian, ni cambiarán, quizá. El recuerdo del contrabandista me ha traído a la mente el recuerdo de Manuel Silveira, otro hijo de la raya. Lo recuerdo, ya sesentón, aparcando su Dos Caballos en la puerta de mi abuela, yendo después a su cita diaria con la partida de cartas en el bar. Alguna vez, al bajarse del coche, se encontró con mi abuela, a la que saluda siempre cariñosamente, le da dos besos, le pregunta por todos y por todo. Se despide y se va a buscar su partida y su café vespertino.
Hace tiempo le oí a mi abuela una historia sobre Manuel Silveira, el portugués. Cuando mi abuela lo conoció, allá por los años cuarenta, Manuel era poco más que un niño. Iba siempre con su padre, que se llamaba Nuno, un hombre bajo, moreno, delgado, el vivo retrato de su hijo Manuel unos años más tarde. Los dos, padre e Hijo, se dedicaban al contrabando, llevando café, o tabaco, de un lado a otro de la frontera, con la Guardia Civil simpre pisándole los talones. Era cuando mis abuelos vivían en un cortijo, a treinta kilómetros de El Llano, hacia la parte de Portugal, cercano a la frontera. Allí, tras la guerra, encontró el abuelo Ramiro un trabajo de guarda. Allí se criaron mis tíos y mi madre. Por allí, cada semana se dejaba caer Nuno Silveira, y su hijo, un joven Manuel Silveira. Llegaban, hablaban con mi abuelo, entonces un joven padre de familia numerosa. Mi abuela les sacaba de lo que hubiera, para comer, unos días cocido, los más, sopas de ajo, algún trozo de chorizo, de queso, y ellos pagaban ese reposo tras horas y horas de camino cargados de mercancía, con café y con tabaco. La casa donde vivían mis abuelos en el cortijo, era de dos piezas, con entradas por dos lados, opuesta la una de la otra.Contaba mi abuela como una tarde llegaron los Silveira. Una tarde de agosto, seca y calurosa. Mi abuelo ya había llegado del campo, con mis tíos. Mi abuela les empezó a calentar en la lumbre dos platos de garbanzos que sobraron del medio día, y chorizo, y vino. Los Silveira se sentaron con mi abuelo, al fresco, a la caída de la tarde, fuera, a la sombra, por el lado de poniente. Mientras mi abuela, salió de la casa por el lado opuesto. Allí es donde colgaba la ropa para que se secara. En un momento dado, se percata de que una pareja de la Guardia Civil, se acerca a lo lejos. Como alma que lleva el diablo sale corriendo hacia el lado de la casa donde toman el fresco los Silveira y el abuelo.
-¡La Guardia Civil!, corred rápido-, gritó, mientras salía y se quedaba petrificada viendo donde antes estaban sentados los Silveira, a dos números de la Benemérita, y a un sargento. De pie, junto a ellos, los Silveira, de pie, esposados. Se miraron unos a otros. Se echaron a reir todos. Los civiles, los Silveira, mi abuelo, todos.
-No se canse, mujer, a estos ya los hemos apañado-, dijo con sorna el sargento.
Mi abuela se echó las manos al rostro y echó a correr para dentro.
Mi abuelo miró entonces al sargento.
-Verá usted...nosotros...-, empezó a decir.
-No te canses. Ya se que los Silveira viene por aquí, y les dais de comer, y ellos os pagan con contrabando. Todo eso lo se. No te preocupes hombre. Yo soy padre de familia, como tú, y se lo que cuesta sacar una prole como la que tu tienes adelante. Pero la ley es la ley, y a estos pájaros me los tengo que llevar conmigo-.
Dicho esto se fueron todos, camino del El Monte, donde los Silveira probarían el calabozo, no por mucho tiempo, porque nunca les pillaban gran cantidad de contrabando.
Mi abuela me contaba que así se tiraron casi quince años, hasta que definitivamente se instalaron en el pueblo y dejaron el cortijo. Por allí pasaban los contrabandistas, y los civiles detrás. Y a unos y a otros, ella no les negó nunca un plato de sopa, y trozo de chorizo, o un poco de vino. Y con unos y con otros echó mi abuelo algún pitillo, sentados al fresco a la caída de la tarde.
Eso si; mi abuelo Ramiro siempre prefirió echar un cigarro con los Silveira que con los civiles. El tabaco de los Silveira, de contrabando, si, era mejor que la picadura que usaban los otros.

lunes, 12 de mayo de 2014

Nunca me senté en la última fila del Cine Hollywood.

Camino por el Paseo, llego a la Plaza Mayor. Me detengo en el edificio del Ayuntamiento. Me asaltan los recuerdos. Allí, en los bajos, fui yo a la escuela. Hoy hay distintas dependencias municipales y una biblioteca. Entro. Aquello no se parece en nada a las antiguas aulas que nos acogieron de niños, con aquel olor a humedad, tan frías, con aquella pintura verde olivo, desconchada en los bajos. Salgo. Voy por la Travesía de El Llano hacia la Calle Grande. Me paro ante el edificio del cine Hollywood.
Es un edificio antiguo, de fachada encalada, desconchada por el paso del tiempo. La entrada sigue teniendo las mismas puertas metálicas, grises y pesadas, con aquellos grandes cristales. Por dentro, tras el cristal de la puerta, unas grandes persianas verdes, descoloridas por el tórrido sol de El Llano, impiden que nadie pueda observar lo que hay dentro. Encima de la puerta sigue estando el viejo cartel luminoso, rojo y blanco, descolorido, al que le faltan varias letras; C_NE HO_LYW_OD. Me vuelven a asaltar los recuerdos. La de películas que he visto yo allí. Aquellos Spaghetti Western; "Hasta que llegó su hora", "La Primera Ametralladora del Oeste", "El bueno, el feo y el malo", "Por un puñado de dólares"... Me vienen a la memoria imágenes, mías, de los chicos de la pandilla, haciendo cola ante la vieja taquilla, hoy tapiada, entrando luego en tropel a través de aquella vieja puerta, sentándonos en las primeras filas del cine. Las parejas de novios, se sentaban al fondo, porque eran novios y ya se figuraban todos que iban a todo menos a ver a Clint Easwood desenfundar su Colt 45. Nosotros, entonces unos chiquillos, soñábamos con llegar a ser como los mayores, tener un trabajo, una novia, comprarnos quizá una moto, y sentarnos con nuestra novia en la última fila del cine Hollywood, o pasear cojidos de la mano de ella por el Paseo, o por la plaza, y sentarnos en una terraza, y pedir un refresco para ella y una cerveza para nosotros, y que todos nos vieran.
Cambiaron los tiempos, cambiaron el tono de las películas. Llegó el "destape". Actrices nacionales enseñando carne. Qué si la Cantudo, qué si Barbara Rey. Esas películas las solían poner los domingos, en la última sesión. Miguel "Corrientes", el portero se cuidaba muy mucho de dejarnos pasar. "Tsss. E-e-ehta pe-pe-pe-lícula vusotro nnno la podei vé", decía tartajeando. Y no había manera de distraerlo, de pasar en un descuido, de alejarlo de la puerta del cine para poder colarnos. Miguel se ponía en la puerta, con su camisa a rayas, fumando su Celtas corto, mirándonos de reojo, hosco, desconfiado.
Vinieron los ochenta y en la cartelera del Hollywood no se anunciaba otra cosa que cine quinqui. "Perros Callejeros", "Deprisa, deprisa", "El Pico", "Navajeros". Todas ellas no aptas para menores de dieciséis años. Todas ellas películas nacionales. Barrero, el dueño del Hollywood decía que un cine de pueblo no se podía permitir el lujo de traer títulos como "ET", "Tiburón", o "Fiebre del sábado noche". Esas películas, si alguien las veía, era en El Monte, o en la capital. En los ochenta seguía "Corrientes" de portero,  en tan buena forma como en la década anterior. Fue la época en la que al Hollywood empezó a salirle competencia. El fútbol televisado de los sábados, y sobre todo la aparición del vídeo, se fue cargando poco a poco al viejo cine.
El Hollywood fue aguantando durante toda la década, perdiendo cada día más público, hasta que en el año 88, cerró sus puertas. Ya no iba casi nadie, y los títulos que se ponían eran anticuados, de muy baja calidad. Barrero se jubiló y decidió cerrar el negocio, el cual decía que era ruinoso de mantener porque apenas se sacaba para pagar gastos del dinero de la taquilla.
Yo por entonces tenía dieciocho años, y hacía tiempo que no iba al cine y la noticia del cierre del Hollywood no me cogió por sorpresa. Por entonces empecé a salir con una chica. Me di cuenta de que nunca me senté en la última fila del cine Hollywood con mi novia, como soñaba cinco o seis años atrás, y que ya nunca lo haría.
Pensando en esto, allí parado frente a la fachada del viejo cine, empieza a llover ligeramente. Camino hacia mi antigua calle, hacia la Calle Grande en busca de resguardo en el Casino. Pido un café. Empieza a llover con fuerza, una tormenta de primavera. Pienso otra vez en el viejo cine, ante él que estaba hace un rato; ahoa cerrado a cal y canto, deteriorándose día a día, poco a poco, con el paso del tiempo. Pienso que algún día vendré y me lo encontraré derruido y ocupando su lugar, habrá un bloque de viviendas de protección oficial o un supermercado,  y  nunca me habré sentado en la última fila con mi novia.
Para de llover. Sale el sol. Salgo del Casino a mi calle. Saludo y me saludan. La lluvia y el tiempo se llevan los recuerdos y los pensamientos del pasado; aunque estos no se llegan a borrar nunca del todo.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Ginesín.

Veo a Ginesín, el hijo del murciano, por el camino viejo de El Monte, y lo saludo. Le pregunto qué cómo le va la vida. Me dice que bien, que allá en Los Madriles anda. Me pregunta por mi vida, que donde ando. Otro tanto, en Los Madriles también, le digo. Hacemos propósitos de vernos allí y tomar unas cañas. Propósito que seguramente no se cumpla. Lo dejo. La gente chismorrea. "Ahí va. ¿Lo veis? Es Ginesín. Quien lo ha visto y quien lo ve". Ahí va, al paseo, por la carretera de El Monte, con su señora y los niños. Mal mirado por unos, bien mirado por otros, los menos. Él, que lo tuvo todo Él, que lo fue todo en El Llano. "Él, que tiró toda una carrera por la borda", insistirán. "Las malas cabezas", dirán unos. "La envidia de la gente", dirán otros. Y es que, en un pueblo, ya se sabe. En fin. "Ahí va Ginesín, y la familia. Su señora, la Reme, la hija del Pelado. Buenas piezas están hechos los Pelados. Vaya tino que tuvo Ginesín eligiendo doña, él, que si hubiera querido las tendría a porrillo, fue a elegir a una Pelada, con la fama que tiene esa familia. Dice mi madre que ahí empezó la decadencia de Ginesín, cuando conoció a la Reme, la Pelada, y esta lo cazó", continuarán diciendo. Y es que, la historia de Ginesín, es la historia de uno que subió a lo más alto que puede subir un hijo de El Llano; un hijo pobre, quiero decir.

Ginesín era hijo de Ginés el Murciano; un labriego pobre que vino desde Murcia con una mano atrás y otra adelante, cuando la colonización. Aquí vino, pobre, aquí se casó, aquí se cargó de hijos, y aquí siguió, pobre, como vino, hasta su muerte. Ginesín era el hijo mayor, de un total de cinco, todos varones. Muy pronto mostró algo más que cualidades para trabajar en la huerta, como hacía su padre, de sol a sol. Decían que Ginesín era listo, muy listo, y estudioso, muy estudioso. El cura, los profesores de la escuela, todos, se lo decían una y otra vez a Ginés padre. "Mira Gines, que el chico vale, que es estudioso, que es inteligente, esfuérzate un poco, hombre, e intenta mandarlo a la capital, que se saque una carrera, que luego él, a buen seguro, te sacará a tí de pobre. Tómalo como una inversión a largo plazo". Y Ginés, el murciano, le daba vueltas al asunto. "El chico vale para los estudios, sea; pero yo lo necesito aquí conmigo, para que me eche una mano en la huerta. Se dice muy fácil, mándalo a la capital, a que estudie. Eso vale una pasta", pensaba Ginés. El cura, el alcalde, el director del colegio, todos, movieron Roma con Santiago para buscarle una beca al chico, porque era una pena, una mente tan privilegiada como la de Ginesín, se desperdiciara estripando terrones, sólo porque Ginés, el murciano, fuera pobre y no tuviera  recursos.

Así pues, Ginesín se marchó a la capital, y estudió el bachiller, y lo sacó con matrícula de honor, y entró en la universidad, y otro tanto. Se alojaba en casa de un hermano del alcalde, que vivía allí y que tenía una lechería. A cambio, por las tardes, Ginesín le echaba una mano, o las dos, en el negocio, que hay que ver como ponía el hombre a Ginesín, por las nubes; "Qué chico tan trabajador, y que listo. A mi me ha dado la vida, oye, que ya no se encuentran chicos así, me quita el trabajo de las manos".  Así fueron pasando los años. Los inviernos, Ginesín estudiaba y trabajaba en la capital, y los veranos volvía a El Llano, y trabajaba con su padre y sus hermanos en la huerta. Un buen día de junio, Ginesín se presentó el el pueblo doctorado en derecho. Bien ancho que andaba el murciano, por el casino, por el bar de José Cabra o por el bar Avenida, presumiendo de hijo.

Por entonces se jubilaba el secretario titular del ayuntamiento, don Eulogio y la plaza quedaba vacante. Todos concluyeron en que Ginesín debía presentarse a la oposición para nuevo secretario. Todos así se lo aconsejaron, desde el alcalde, pasando por el cura, hasta su propio padre. Pensaban que quién mejor que Ginesín para acceder al puesto, además, haciendo patria, todos querían que el cargo se lo adjudicara algún hijo de El Llano, que ya era hora, que hasta entonces, nunca que ellos recordaran, había habido un secretario natural de El Llano en el ayuntamiento. Ya era hora por tanto. Así, se convocaron las oposiciones, y como no, Ginesín las ganó, quedó el primero entre los primeros, y ello fue motivo para que Ginés padre se recorriera todo el pueblo, o por mejor decir, todos los bares, invitando a troche y moche a todos, a cuenta de aquel hijo que tantas alegrías le daba.

Por entonces, se constituyó en El Llano el primer ayuntamiento democrático. El personal votó a las izquierdas, y un nuevo alcalde subió al poder, votado por el pueblo, tras cuarenta años de alcaldes puestos a dedo. La subida de Ginesín, un hijo del pueblo e, hijo a su vez de un labriego pobre, fue vista por la gente como algo bueno, un cambio, el comienzo de una nueva era. Y en verdad, así fue. Ginesín abrió las puertas del ayuntamiento al pueblo. Ya, los vecinos más pobres no tenían que esperar horas y horas, con la gorra en la mano, a que los trabajadores del ayuntamiento solucionaran las dudas y los problemas que estos le llevaban. La gente ya no iba con ese respeto sacramental con el que iban antes al consistorio. Se abrió la administración al ciudadano, por iniciativa de Ginesín, que era por así decirlo, el tuerto en el país de los ciegos, pues en la casa consistorial, entre los administratrivos y el personal subalterno, todos puestos a dedo por los anteriores munícipes, y el alcalde y los concejales, hombres con buenas intenciones, del campo, cargados de ideología, pero carentes de conocimientos, no juntaban, entre todos, más de tres dedos de frente. Así pues se imponía la mano de alguien que si tuviera, no dos y tres dedos de frente, sino toda la mano, como era el caso de Ginesín.

Y así fueron pasando los años, y un nuevo aire inundó el ayuntamiento. Los que no podían pagar los impuestos municipales, por iniciativa de Ginesín, se les concedía una, dos o más prórrogas. Qué alguien no tenia ni pajolera idea de como rellenar una solicitud, o de como hacer la declaración de la renta; ¿para qué estaban los empleados púiblicos? Ginesín había impuesto esa tarea a los administrativos, para disgusto de estos, que añoraban los tiempos en los que los labriegos los llamaban de usted, tenían que esperar paciéntemente su turno, gorra en mano, y al final, llegada la hora, se imponía el vuelva usted mañana. Eso, por imposición de Ginesín pasó a la historia. Para dar ejemplo, Ginesín se puso a disposición de la gente las vienticuatro horas del día. Había gente que iba a su casa a consultarle sus dudas, bien entrada la noche, con la excusa de que había estado todo el día trabajando, y claro, no había podido ir al ayuntamiento en las horas hábiles. Ginesín a todos atendía, sin pedir nada a cambio, sin quejarse, para él, dijérase que era una obligación que se había auto impuesto.

Y así empezaron a salirle enemigos a Ginesín. Los demás empleados del ayuntamiento, los políticos de la oposición, la gente arriba, los potentados, que antes entraban en el ayuntamiento como Perico por su casa, todos ellos veían a Ginesín, y sus manías aperturistas como algo peligroso. Abordaban al cura, o al anterior alcalde, ahora jubilado por la democracia, y le echaban la culpa de todo lo que estaba pasando, por haber animado a Ginesín a presentarse para secretario. Los poderes fácticos de El Llano se pusieron en su contra. Una cosa era la democracia, decían, pero siempre hubo ricos y pobres, potentados y no potentados, y Ginesín no tenía derecho a saltarse las normas.

Por aquella época, Ginesín estaba en boca de todo el pueblo. Era un estupendo partido, y quien más y quien menos, lo veía como el perfecto yerno; honrado, trabajador y listo como era, y con un puesto de secretario en el ayuntamiento. Así, las chicas más guapas del lugar, no perdían ocasión de agitar las plumas ante Ginesín, a ver si caía, pero nada. Todo lo más, encontraban el beso furtivo de una noche, o las más avezadas e intrépidas, el revolcón del fin de semana, a ver si tocaba la flauta y lo llevaban al altar, aunque fuera de penalty; pero ni así. Entonces aparición en escena, la Reme, la pelada, la hija del Pelado, una zagala de armas tomar, alta, morena, ojos verdes, con todo en su sitio. Lo que las otras no consiguieron por la vía fácil, la Reme lo consiguió por el camino difícil de la castidad. Ginesín se enamoró perdidamente de ella, y no hizo falta revolcón furtivo, ni boda de penalty. Para disgusto de Ginés padre, al cual no le gustaba la chavala por la mala reputación de su familia. El que empezó a sacar pecho a cuenta del noviazgo de Ginesín con su hija, fue el Pelado, un individuo con mala fama, ladrón, pendenciero, borracho y mal encarado.

Al personal aquello no le gustó. "Es como tirar flores a los cochinos", decían. El caso es que Ginesín se casó con la Reme, para rabia de muchos. La boda se celebró en la Parroquial de San Jaime, con misa cantada y todo. A partir de entonces, Ginesín empezó a cambiar. Ya no recibía a nadie en casa fuera de las horas de atención al público del ayuntamiento, ni obligaba a sus subordinados a ayudar a la gente mas incapaz a rellenar instancias o declaraciones de la renta, gratis. Este cambio la gente se lo cargó a la mujer, a la que acusaban de darse aires de grandeza, desde que se casara con Ginesín. "No hay cosa peor que un pobre harto de pan", decían. De todo esto tomaron buena nota los enemigos de Ginesín, los cuales se iban multiplicando según pasaba el tiempo, a los potentados, a los que había desairado, los que antes mandaban, y ahora, por obra y gracia de Ginesín, no podían mangonear a gusto en el ayuntamiento, se unieron las clases bajas de El Llano, que vieron en Ginesín a uno de los suyos, que sintieron que un aire nuevo entraba en el consistorio, y que, se sintieron traicionados con la nueva actirud hacia ellos, que Ginesín gastaba tras su boda con la Pelada. 

Un buen día, la bomba estalló.  "Malversación de fondos, tráfico de influencias y no se cuantos más delitos en el ayuntamiento de El Llano, un pequeño pueblo de la comarca de La Vega. Culpable el secretario, Ginés Vidal", era el titular que traía en sus páginas el Diario Provincial. Los unos aprovecharon para pedir la cabeza de Ginesín, los otros también. Hubo gente que se quedó en el medio, gente en la que pesó más los favores que Ginesín había hecho por ellos en el pasado, gentes que decían a quien los quisieran oir que a ellos Ginesín no les había hecho nada malo, y por tanto ellos ni creían ni dejaban de creer lo que el diario publicaba. Pero estos, o eran los menos, o eran los que menos ruido hacían. Ginesín estaba sentenciado. Lo inhabilitaron, lo juzgaron, salió culpable. Ginesín se había quedado con dinero, decían unos. Otros decían que no, que Ginesín solo había firmado, y que claro, el que pone la cara es al que se la rompen, pero que el verdadero culpable, ese, había sido el alcalde. El pueblo se dividió. Unos a favor. Otros en contra. Ginesín se fue, salió huyendo, camino de Madrid, no puediendo soportar la presión de un pueblo pequeño, el estar en boca de todos. Cogió a su mujer, y se largó. Al final, parece ser que la cosa no fue tan grave. Unos fondos mal empleados, parece ser. Dos años de inhabilitación para Ginesín, luego podría volver. Nunca volvió. Ginesín se abrió camino en Madrid, brillante como era, no le costó trabajo entrar en un bufete de abogados. Su padre, Ginés el murciano, murió, dicen las malas lenguas que de vergüenza, por ver a su hijo en boca de todo el mundo.

Ginesín mantiene su casa en El Llano. A veces va para allá, con su mujer, con sus hijos, nacidos en Madrid. Sale a pasear, por las tardes, por el camino del Cerro Pardo, o por el camino viejo de El Monte. Hay gente que lo para y lo saluda y hay gente que ni lo mira. Unos dicen; "Ahí va Ginesín, quién lo ha visto y quien lo ve. Las malas cabezas". Otros sin embargo dicen; "Ahí va Ginesín. Con lo que hizo por el pueblo y como lo ponen". Y todos los que lo ven, lo saluden o no, tienen un comentario malo o bueno para Ginesín, que no ha dejado a nadie indiferente en El Llano.  

miércoles, 16 de octubre de 2013

Un apellido raro en un mar castellano.

Empieza el primer día de clase. Cuarto curso. EGB. Colegio Público San José, en mi pueblo, El Llano.  Don Miguel nos nombra uno a uno. Nombre y apellidos." Francisco José Eguía Rodríguez", dice en voz alta y clara." Presente", contesto. A mi alrededor se escuchan unas leves risitas. Tengo un apellido raro, vasco, o por mejor decir, navarro. De Navarra es de donde procede mi padre. Desde allí emigró a El Llano, como tantos otros, buscando tierras baratas que labrar. Duros a cuatro pesetas. Para cuando mi padre se arrepiente de haber dejado su tierra navarra por el sueño extremeño, es tarde. Tiene ya en la comarca de La Vega una mujer y tres niños que tiran de él para que se quede, para que no retorne.
Mi padre viene de Navarra, como mi apellido, raro, euskaldún. Aunque mi padre no es euskaldún. El procede de Ribera del Ebro, y es castellano hablante. Pero no su apellido ni el mío, que es un apellido raro. Los niños pronto me bautizan con el mote de "Lejía", que suena parecido a Eguía, y con el sobrenombre de "Lejía" me quedo.
Empiezo a odiar mi apellido. Empiezo a odiar sentirme diferente. Quiero ser como los demás niños. Quiero llamarme Sánchez, o González, o que me llamen por mi segundo apellido, Rodríguez, tan común en El Llano. Pero no. Ellos insisten en martirizarme. Casi todos me llaman "Lejía". "El lejía". Y luego está don Miguel, el director, un maestro de la vieja escuela, que insiste en llamarnos a todos por el apellido y de usted. En la clase hay algunos casos más de apellidos raros, ajenos a los apellidos castellanos de El Llano: Ferreira, Segarra, Muguruza, Pallars, Sousa. Todos ellos debida y cruelmente modificados, con sus respectivas variables, convertidas en apodos, dirigidas a martirizar a sus poseedores. "Perrera, Se agarra, Malaguza, Pallaso, Sosa".
Empiezo a mirar con recelo a mi padre y a su apellido. Empiezo a mirar su tierra como extraña. Empiezo a sentirme más extremeño que nadie. Empiezo a dejar de lado mi parte navarra, a olvidar que la tengo. A veces en la tele o en el periódico, se nombran apellidos similares al mío, raros, extraños, relacionados con tal o cual atentado de ETA, o tal o cual acto de sabotaje. Alguien relaciona a mi padre con esos apellidos raros como el suyo, que es el mío. "Joder con los vascos. ¿Es qué no sabéis vivir en paz allí arriba?", le dicen. El se defiende siempre de la misma manera. "Yo no soy vasco. Soy navarro. De La Ribera. Los navarros de La Ribera somos más españoles que nadie. Los primeros en sacar la cara por la patria, siempre. Con más cojones que nadie. Los más de lo más". En El Llano saben que mi padre se pica con estas cosas, que se molesta, que entra al trapo fácilmente, así que optan por seguir erre que erre. "Ya, ya; pero primos hermanos sois, ¿eh?". Mi padre se da cuenta de su torpeza entrando al trapo e intenta resolver la cuestión con un "Más primos que hermanos". Al final todos tan amigos. Estamos en El Llano y aquí el País Vasco y Navarra, incluso Madrid y Barcelona, quedan un poco lejanos, ajenos, hasta diría que raros.
Con los años me acostumbro a mi apellido raro, extraño, ajeno a mi tierra. Mis compañeros de clase se acostumbran también a él. El "Lejía" de los primeros años de clase, pasa ser Eguía, simplemente. Mis amigos me llaman por mi nombre, Paco. Las peleas de los primeros años, a causa de mi apellido y de mi mote, van pasando a la historia.
Hasta que empiezo a ir al instituto de secundaria, a El Monte. Vuelta a empezar. Mi apellido vuelve a sonar raro. "Francisco José Mejías" me llaman. "Ah. ¿Qué no es Mejías? Ah; Eguía. Vasco, ¿no?". Para esa época hace años que me he resignado ya. Amo a mi tierra y a mi pueblo tanto como cualquier otro, pero empiezo a aceptar, ya era hora, que una parte de mí no es de allí, es de fuera, extraña, ajena.
He ido por primera vez a la tierra de mi padre. He conocido a sus parientes y a los míos. Gente a la que apenas conocía, o que ni siquiera había visto en mi vida. Una legión interminable de Eguías. Por primera vez me he sentido bien con mi apellido, que ya no es ni raro ni ajeno.
Hoy, fuera ya del microcosmos de El Llano, viviendo como vivo en una gran ciudad como Madrid, mi apellido pasa totalmente desapercibido. La gente que me oye hablar aquí reconoce mi acento sureño. "Andaluz o extremeño", me dicen. Yo sonrío. "Extremeño", confirmo. "Bueno, primos hermanos", insisten. Entonces me acuerdo de mi padre. "Si. Pero más primos que hermanos", contesto.

jueves, 14 de febrero de 2013

Calle de José Collar.

El alcalde ha empezado su discurso, recordando al homenajeado alcalde republicano de El Llano, asesinado junto a la tapia del cementerio de La Villa, días después que las tropas nacionales entraran en la provincia, hace setenta años. Al acto asiste toda la corporación municipal en pleno: los concejales del gobierno, de izquierdas, los de la oposición, de derechas."Esto es El Llano", ha dicho solémnemente el alcalde, "aquí no se va llevar a cabo un acto de revancha contra nadie, aquí solamente se recuerda a alguien con quien el pueblo tenía una deuda de gratitud y hoy se la vamos a pagar dedicándole una calle", continua tan solemnemente como ha empezado. Cerca del alcalde, se encuentran los hijos del homenajeado; José Collar hijo y su hermana Cándida, que han venido desde Madrid para asistir al acto. Han recibido muestras de cariño de todos y en el acto hay una presencia masiva de sus familiares, sus primos y los descendientes de estos, con los que, José y Cándida apenas han tenido contacto en todos estos años.

Mientras el alcalde hace un encendido elogio de su padre, José Collar hijo no puede evitar que su mente se torne viajera y galope, en este momento tan solemne, en busca de recuerdos perdidos. Al fin y al cabo está en su pueblo. Pueblo del que salió camino de Madrid, cuando era un niño de diez años, acompañado de su madre, de su hermana Cándida que apenas era un bebé y de una vieja maleta de cartón. Recuerda vagamente el día que partieron de este mismo pueblo que hoy homenajea a su padre, fusilado contra la tapia de un cementerio. Recuerda que era un día gris, todos los días tristes son grises; en la estación de El Monte, acompañados de su tío Juan, el hermano pequeño de su padre, de sus tías Irene y Guadalupe, sus hermanas. Recuerda a alguien irrumpiendo en la escena de esta despedida, un hombrecillo, ataviado con un sombrero tirolés, que le entrega un sobre a su madre, que les desea suerte. Recuerda el viaje en tren, duro y largo, en asientos de madera incómodos, el olor a carbonilla que se adentra por todo el vagón de tercera en el que viajan.
Años más tarde, cuarenta, nada más y nada menos, vuelve a El Llano, al entierro de su tío Juan y vuelve a coincidir con el hombrecillo, al que no reconoce, pero el hombrecillo a él sí. Se presenta como Isidro Sánchez, y ha sido muchos años alcalde franquista de El Llano. El hombre se interesa por él, por su hermana Cándida, que no ha podido ir a enterrar al tío Juan, le pregunta si está casado, si tiene hijos, a qué se dedica. Las preguntas de rigor a alguien al que hace una eternidad que no ves, a alguien al que despides desde una estación sindo un niño y vuelve cuarenta años después siendo un hombre hecho y derecho.  Le vuelve a estrechar la mano y a modo de despedida le pregunta si se quedará muchos días. Él le dirá que pocos, que tiene que volver a Madrid, y el hombrecillo, Isidro Sánchez, le dice que antes de que se marche le gustaría hablar con él.

El discurso del alcalde ha finalizado y esto arranca el aplauso de la gente que ha acudido al evento, esto trae a José Collar hijo a la realidad. Al alcalde le sucede el concejal portavoz del partido de la oposición, de derechas, el cual conviene con el anterior orador en lo necesario que era este acto para la reconciliación de las gentes de El Llano y para cicatrizar por fin las heridas abiertas, hace tantos años.

La mente de José Collar hijo vuelve a volar hacia el pasado. Un día después del entierro del tío Juan, se deja caer, sin querer, pero en el fondo queriendo, por una huerta que Isidro Sánchez tiene camino de La Villa. El hombre, anciano ya, le cuenta que no sabe vivir sin ir todos los días al campo, que es su vida, aunque la huerta la lleva su hijo. Le invita a tomar asiento en unos pedruscos que hay a la sombra de una morera, los cuales están allí a modo de banqueta. Le ofrece un cigarrillo, fuman, como fumarían dos compadres que se encuentran en el campo y paran para echar unas caladas. Se hace un silencio momentaneo, ha pasado una ángel, bromea el señor Isidro. "Yo fui el que sustituyó a tu padre, como alcalde, cuando los nacionales entraron aquí. Y si estoy hoy vivo, y mi hijo que está allí trabajando lo está, es gracias a tu padre". Le suelta de pronto el hombre, como si llevara siglos esperando soltar aquello. Collar levanta la mirada y ve a un hombre faenando en una zona de la huerta sembrada de tomates. Es el hijo del señor Isidro.
El hombre le cuenta como su padre los encerró a él y a todos los de derechas del pueblo en la cárcel, en los bajos del Ayuntaiento, la noche del 18 de julio de 1936, cuando empieza a correr la noticia de que el ejército de África se ha sublevado y hay un intento serio de derribar la República. Le explica que tal medida, su padre, no la tomó como medida represora, sino que lo hizo para salvarles la vida, porque sabía que los rojos del pueblo irían a por ellos aquella misma noche, como así ocurrió, y que si estaban encerrados en la cárcel, nada malo les podía pasar. Al menos ese era el planteaminento que José Collar padre les había hecho a todos aquella noche. Pasadas las doce de la noche, un grupo de gente armada se presentó frente al Ayuntamiento pidiendo a su padre que les entregara a la gente que tenía allí encerrada para hacer justicia, pero que su padre no se doblegó y le echó un par de huevos al asunto, y que ordenó a los guardias, apostados en la puerta que dispararan contra todo aquel que intentara entrar en el Ayuntamiento por la fuerza. Sea como sea, la cosa se calmó, y pasados los días, fueron puestos en libertad, con la recomendación de que pusieran tierra de por medio, hasta que la cosa se calmara. Pero la cosa no se calmó, sino que fue a más, tanto que estalló la Guerra Civil. Se oían noticias de gente colgada por los rojos, como represalia por el golpe, en otros pueblos. Pasaron los días, las semanas y llegó agosto y con él, el ejército nacional y con el ejército nacional los radicales del otro bando, con la misma sed de venganza, de revancha y de sangre que sus antagonistas de izquierda.
El hombre le cuenta como aquel mismo día fue a ver a su padre, a ofrecerle cobijo hasta que todo pasase, en aquella misma huerta, allí nadie lo encontraría. Pero su padre no quiso, por un sentido del deber, era el alcalde, y así se presentó como alcalde de El Llano, electo por el pueblo, cuando se presentaron las tropas nacionales acompañados de los falangistas. El responsable del escadrón de falangstas que entró en el pueblo no tardó ni cinco minutos en decir lo de; "al paredón con él".
El hombre le cuenta que lo llevaron al cementerio de La Villa y allí, junto con otros milinates y simpatizantes de los partidos de izquierda de la comarca, lo fusilaron. Le cuenta que los falangistas del pueblo, llegaron a La Villa minutos antes de que lo fusilaran, y todos intercedieron por él, contándole al jefe de los falangistas que lo habían apresado, como los salvó el 18 de julio de que una turba incontrolada matase a la gente de derechas del pueblo, pero ni por esas. Alguno, lo intentó por las bravas y el responsable amenazó con llevarlo a él también a la pared, junto a su padre,junto a los rojos que iban a ser fusilados. El hombre le cuenta todo eso visiblemente emocionado y en su rostro empiezan a aparecer las lágrimas. "No tuvimos cojones, ninguno, de hacer por tu padre lo que él hizo por nosotros", le dice. Él trata de tranquilizarlo; "usted no tuvo la culpa, fue la guerra", le dice. "¿La guerra?; la cobardía nuestra. Si nosotros nos ponemos, allí no se mata a nadie, y menos que nadie a tu padre". El hombre empieza a sollozar, a llorar abiertamente, como si llevara años esperando para hacerlo. "Espero que algún día puedas perdonarnos a todos, tú y toda tu familia".
El hombre le cuenta que después de aquello, intentó ayudar a su madre a sacar adelante a él y a su hermana Cándida, apenas un bebé. Incluso le llegó a dar dinero, aquella tarde gris de su partida. Su madre, él, la pequeña Cándida, con aquella mísera y solitaria maleta de cartón, la estación de El Monte, el duro y largo viaje hacia Madrid.

El concejal portavoz de la oposición termina su discurso, y el público asistente vuelve otra vez a aplaudir. La mente de José Collar hijo, de viaje por el pasado, vuelve al presente otra vez. El acto termina con el descubrimiento de una placa azul y rectangular, con el escudo de El Llano a un lado, que reza; "Calle de José Collar", y con la entrega de dos pequeñas placas plateadas por parte de la Corporación Municipal, a José Collar hijo y a su hermana, Cándida.
Al día siguiente, los dos hermanos, José y Cándida, vuelven en tren hacia Madrid. La estación de El Monte ya no es aquel sobrio barracón de antaño, el día no es gris, sino azul y de una luz intensa y radiante. Esta vez no hay familiares despidiéndolos, ni hombrecillos con sobrero tirolés, con sobres, ni maletas de cartón, ni lágrimas, ni asientos de madera, ni olor a carbonilla. El tren se pone en marcha, camino de Madrid, y los dos hermanos, José y Cándida van en él. Pasan por el antiguo apeadero de El Llano y a lo lejos ven el pueblo, con sus casas blancas, con la torre de la Parroquia de San Jaime, apuntando hacia el cielo. "Es un bonito lugar, ¿no crees?", dice Cándida, con la vista perdida en el pueblo, a través de la ventanilla del vagón. José no dice nada, piensa, quizá en lo que hubiera sido su vida allí, de no haber mediado una guerra, que acabaría con la vida de su padre, y con ellos dos, y con su madre en Madrid, piensa en aquel hombrecillo que años atrás se sinceró con él de aquella forma, en las lágrimas que vertió, pidiéndole que algún día pudiera perdonarlos, a él y a los que no hicieron nada por salvar a su padre. "Si; es un bonito lugar", contesta por fin.

lunes, 4 de febrero de 2013

El Malo.

Hacía calor, como sólo lo hacía en el mes de julio en la comarca de La Vega. Como cada tarde, al caer el sol, fuimos al atrio de la parroquia de San Jaime a jugar al fútbol y a esperar a que don Leandro, el párroco, llegara y llamara a dos de nosotros para ayudar en la misa de la tarde.
Aquel día el cura llegó antes que otros días. "Niños, hoy después de misa vamos a ir a visitar a don Julio Valdez, que anda desde hace unos días un poco pachucho, a ver si le levantamos el ánimo", nos dijo antes de abrir las puertas de la parroquia. ¡Cáspita!, pensamos, el cura quiere que vayamos a ver al Malo.
Cada día lo veíamos venir a misa, acompañado de su hija, Úrsula, o de su nieta Carmencita. El Malo era un hombre muy viejo, de los más viejos de El Llano, pero eso no le impedía tragarse cada tarde la media hora de misa que le dispensaba don Leandro. Lo veíamos cada tarde caminar, despacito, cogido del brazo por su hija o por su nieta, con un bastón en la otra mano, siempre vestido con el mismo traje gris claro y con la misma boina negra, grande, tipo chapela, calada en la cabeza. Nosotros parábamos de jugar un momento al fútbol y empezábamos a cuchichear entre; "¡ey!; mirad. El Malo" decíamos, y una vez que entraba en la iglesia continuábamos jugando.
Aquel día, no tanto por las ganas que tuviéramos de hacer la buena acción del día visitando al Malo, como por no contrariar a don Leandro, fuimos todos en compañía del párroco camino del Paseo de los Naranjos, donde el Malo tenía una tienda de ultramarinos que regentaba su hija, que era viuda, y su nieta.
Si la hija tenía alguna inquietud al ver a tanto golfillo con la intención de ver a su padre enfermo, se le disipó al ver a don Leandro, que era todo humanidad, todo bondad, todo cariño. "¡Qué contento se va a poner mi padre!. Pase, pase, don Leandro. Pasad niños". Pasamos todos a una alcoba grande con vistas al paseo. Allí estaba el Malo, postrado en una cama grande, con la imagen de la muerte por cara. "Hombre don Leandro. ¿Pero por qué se ha molestado?. Vaya tropa que trae usted". dijo el Malo, con una vocecilla débil que apenas lograba salirle de la graganta. "Nada de molestia, hombre. Qué estos niños le echan en falta desde que usted no va a visitarnos y me han dicho, vamos a visitar a don Julio", mintió don Leandro.
Allí estuvimos por espacio de media hora, más o menos. Al marcharnos, el Malo ordenó a su hija que nos diera algunas chucherías de las que tenía en la tienda y salimos del encuentro con más de un regaliz, con algún que otro chupa-chups y varias bolsas de quicos.
Al día siguiente, fue Fernando Santos, un niño que vivía en la calle Grande, a pocos números de donde vivía yo, el que le dijo a don Leandro que no acudiría más a ayudar en misa. "¿Por qué?", le preguntó don Leandro. "Porque mi padre no me deja", repondió el niño. Al día siguiente desertaron otros dos chicos y al siguiente otros dos. Esto mosqueó a don Leandro que nos preguntó el por qué de estas deserciones. Como nadie se atrevía a contestar, fui yo el encargado de decirle la verdad a don Leandro:"Porque les ha llevado usted a visitar a don Julio, y ellos lo han dicho en su casa, y sus padres no les dejan venir más y ayudar en misa. No se si usted sabe la fama que tiene don Julio en el pueblo" dije. "Y a vosotros en cambio si os dejan, ¿Es qué no habéis dicho nada o es qué a vuestros padres les da igual?" Ahí ya no pude contestar a don Leandro y me encogí de hombros. Me imaginaba que mi padre, en un pueblo como El Llano, se habría enterado ya de lo que la gente andaba diciendo por ahí; que don Leandro había obligado a los monaguillos a ir a visitar al Malo, ese asesino, ese criminal, que ahora después de viejo, buscaba desesperadamente el cielo a base de ir cada día a misa. Imaginaba que mi padre había oído todo esto, pero sabía que mi padre le daría igual, ya que él, al igual que don Leandro, no había nacido ni se había criado en El Llano. Él no había crecido escuchando como en la guerra, El Malo le había pegado dos tiros en la cabeza a un tío abuelo de Fernando Santos, el niño que vivía en la calle Grande, a pocos números de  mi, y el primero al que su padre había prohibido volver ayudar en misa con don Leandro. Ni tampoco había crecido escuchando que rapó a tal o cual mujer y la paseó por el pueblo, o que dejó que mataran a José Collar, el alcalde republicano del pueblo, cuando este le había salvado la vida a él y a otros muchos, días antes, o que practicaba la usura con los más pobres en su tienda de ultramarinos y que pagaba con vales canjeables solo en su tienda, a los que iban a trabajar en sus tierras.
Todo eso se decía en el pueblo sobre El Malo, y a todo eso eran ajenos gente como don Leandro, o como mi padre, que no habían nacido allí, que no habían crecido escuchando viejas historias sobre un hombre que era odiado por medio pueblo y temido por el otro medio.
El caso es, que pasadas unas semanas del hecho en cuestión, nos enteramos de que el Malo había muerto. Como era costumbre, aquella noche su casa se llenó de comadres y de compadres para velar al difunto de cuerpo presente. Todo el mundo se llevaba su silla desde su casa y a su casa volvía con ella ya de madrugada, cuando sólo quedaban en el velatorio los más allegados al difunto y sus familiares. El Llano es, y era en aquel entonces, un pueblo, y en los pueblos uno se moría en su casa, y allí lo velaban y de allí lo sacaban a uno camino del cementerio con los pies por delante.
Si bien era verdad que al Malo se le odiaba y se le temía, no era menos cierto que un velatorio era un velatorio, y a los muertos en El Llano se les seguía teniendo respeto, incluso a los odiados, y si al velatorio fue gente, al entierro fue más gente todavía. Todos, amigos y enemigos, pasaron frente al altar mayor de la parroquia para dar el pésame a la familia y todos acompañaron a la familia al camposanto a dar sepultura al difunto.
Por la noche, pasado ya todo, en el bar de José Cabra, el Café Avenida, en las tabernas de Los Corrales, incluso en el Casino de la calle Grande, algunos alzaron muy alta la copa y dijerón: "Así se pudra en el infierno". Otros no dijeron ni fu ni fa.
Aquella noche por el alma pecadora de Julio Valdez, El Malo, solo rezaron su hija  Úrsula, su nieta Carmen, y el bueno de don Leandro.

sábado, 27 de octubre de 2012

La Escuela.

He salido de la casa de mis abuelos, cogido de la mano de mi tía Julia. Vamos por la calle Grande camino de las escuelas nuevas. No he llorado, me he quedado allí, callado, junto a mis primo Cosme que me lleva un año de ventaja y es veterano en eso de ir a la escuela. Mi tía Julia me da un beso y me dice acariciándome la cabeza que pasará a recogerme cuando terminen las clases, que la espere allí, en la puerta, que no me mueva hasta que ella llegue, que sea bueno.
Es mi primer día de colegio. Las escuelas nuevas, le dice la gente de El Llano, a tres edificios de ladrillo visto, construídos al final de la calle Grande, camino de El Monte. Allí hay cuatro aulas, dirigidas a albergar a los alumnos de primero a cuarto de EGB. Son tres edificios, dotados de unos grandes porches a la entrada, donde esperamos en fila a que nos permitan entrar en las aulas. Los alumno mayores, los que van de quinto a octavo no van allí a las escuelas nuevas, sino a las aulas que hay en los bajos del ayuntamiento.
Mi primera profesora, la señorita Adela, es alta, es joven, es guapa. También es gruñona y cuando se enfada nos da en la cabeza con un bolígrafo metálico del que no se separa nunca. La señorita viene cada día desde la capital a darnos clase en un 850 verde. Nos ensaña a leer y a escribir, nos enseña a sumar y restar, a dividir y multiplicar, nos canta canciones, la del barquito chiquitito que no podía navegar, y otras similares.
Mi tendencia en esos primeros años de colegio es quedarme embelesado, observando por una ventana próxima a mi, viendo como aletean los pájaros, observando el cielo azul inmenso de la tarde (Hoy me sigo quedando embelesado observando ese mismo cielo azul; que cosas). Es en esos momentos cuando la señorita Adela descarga sobre mi cabeza la fuerza de su bolígrafo metálico. Como soy incorregible y ando siempre algo rezagado, aunque apruebo, y no muestro interés alguno por las explicaciones que nos da la señorita, ésta me ha dado una nota para que se la entregue a mi padre, con el objeto de que venga a hablar con ella a la mayor brevedad. Al día siguiente mi padre va solícito a hablar con la señorita Adela, al mediodía. Me encuentra en la puerta, al pie de la alambrada que rodea el patio, esperándolo. Ha venido del campo, de trabajar, se ha lavado la cara  a manotadas, se en enjabonado las manos, se ha cambiado de ropa y ha venido. Me coge de la mano, mi pequeña mano en la suya, grande y rugosa, llena de callos, que huele a jabón y a tabaco. Pide permiso para entrar, saluda, y lo veo de pie, con las manos cruzadas a la espalda, alto, torpe, ante la señorita, escuchando atentamente, como si estuviera examinándose de algo. La señorita le dice que no atiendo en clase, que me distraigo cada dos por tres, que trabajo lo justito, que soy un vago redomado, que podría rendir más pero no me da la gana. Él asiente, y pregunta si me porto bien, si soy travieso, si monto escándalos. La señorita le tranquiliza, y le dice que eso no, que soy muy calladito, demasiado quizá, que ando siempre metido en mi mundo. Mi padre le cuenta que mi madre ha muerto años atrás, y que él, solo, con cuatro niños a su cargo, en fin, que nos cuida mi abuela. La señorita le responde que, ¡ah!, las abuelas, los consienten mucho. Mi padre se despide, le promete estar más encima mía, me coge de la mano y salimos. Vamos andando los dos por la calle Grande, y por el camino me va regañando y me va diciendo que tengo que poner más atención, y ser bueno, y hacerme caso de la señorita. Me dice que no sé la suerte que tengo, que a mi edad él estaba trabajando, y que por eso era un ignorante, que escasamente sabe leer y escribir, y que por eso tiene que ir ahora, por las noches, a este mismo colegio, a aprender. Al llegar al casino, me despido de él, me da un beso y me acaricia la cabeza, yo voy para casa de mis abuelos y él entra en el casino. Dile a la abuela que enseguida voy, que me voy a tomar un chato, me dice. Después de comer volvemos al colegio, y no puedo evitar mirar por la ventana, y quedarme embelesado mirando los pájaros, y el cielo azul de la tarde, y la gente pasar arriba y abajo por la calle Grande. La señorita Adela me ve, me mira, pero esa tarde no me dice nada.
La señorita Adela está con nosotros hasta tercero. A mediados de curso se tiene que ir, pues está embarazada y va a dar a luz. Viene a sustituirla don Fidel, un maestro campechano y grande, de San Servando, un pueblo que hay al sur, a veinte kilómetros de El Llano. Don Fidel, cada lunes rellena la quiniela de fútbol y para ello, va niño por niño, preguntándonos que resultado pondríamos nosotros. A ver, Giménez, dice por ejemplo, Betis-Osasuna; y Giménez dice que equis. A ver, Castro, Real Madrid-Murcia, y Castro dice que uno. Y así, cada lunes, hasta completar la quiniela.
Don Fidel está con nosotros lo que queda del curso de tercero y todo el de cuarto. La señorita Adela no volverá nunca más a dar clase en El Llano, pues le han dado plaza en un colegio de la capital. Una tarde viene a vernos, con su marido y su niño recién nacido. Se sienta en la tarima que hay junto a la pizarra, con su niño en brazos, y su marido a un lado, muy elegante, con chaqueta cruzada azul marino, con botones dorados, y con don Fidel al otro. Nosotros vamos pasando, y besamos al niño, y la señorita Adela nos besa a nosotros y nos dice lo mucho que hemos crecido. Vamos pasando en fila, a ver al niño, como si fuéramos los pastorcillos de un Belén viviente que van a adorar al niño Jesús. Al pasar yo, la señorita me da un beso y me revuelve el pelo con una mano, y me dice lo mucho que he crecido, que casi no me conoce ya.
Pasa el tiempo y los cursos de tercero y cuarto. Estamos en quinto de EGB. Ya somos mayores y nos mandan a las tres aulas que hay en los bajos del ayuntamiento, tan viejas, tan tristes, tan frías, con un patio tan pequeño que apenas cabemos los niños de los tres cursos cuando salimos al recreo. Allí, en el 5quinto curso ya no tendremos un profesor para todas las asignaturas sino que tendremos varios. Está don Ángel, de matemáticas y naturales, un hombre introvertido, al que se le ve que le gusta mucho enseñar. Don Ángel es un genio en todas las asignaturas que imparte. Le llegamos a apodar el prototipo de hombre del Renacimiento porque para nosotros es como un Leonardo Da Vinci moderno. Monta un pequeño laboratorio, con los pocos medios que cuenta el colegio, y nos hace experimentos de física y química. Muchas veces, la compra de material la sufraga él de su sueldo.
Está don Hugo, que nos imparte historia y artes plásticas. Don Hugo nos dice que le llamemos Hugo y de tú. Es un hombre joven, recién salido de la universidad. Es de un pueblo de Cáceres, a unos 100 kilómetros del nuestro, y por lo tanto hace uso de una de las viviendas que en las escuelas nuevas hay destinadas a los profesores. Enseguida hace amistades en el pueblo. Sus clases son amenas. Don Hugo es un tipo muy raro, viste unos pantalones de pana raídos y un jersey de lana, rojo. Tiene una barba negra y abundante que lo hace más viejo de lo que es. Nos trata con familiaridad. La gente del pueblo dice que es rojo. Eso no le gusta al director, don Miguel.
Don Miguel, es el director y, además,  nos da lengua, religión y gimnasia. Es un maestro de la vieja escuela. No duda en hacer uso de castigos físicos. Para él, la enseñanza para con nosotros, hijos de labriegos en un pueblecito, en el mundo rural, es hacer que cuando vayamos al campo, a sustituir a nuestros padres, por lo menos sepamos leer, escribir y las cuatro reglas. Don Miguel da por supuesto que de allí no saldrá ningún bachiller, y mucho menos algún universitario. Es profundamente católico, nos hace rezar un Padre Nuestro y un Ave María, al comenzar y al finalizar sus clases, aunque ya son muy entrados los años ochenta y el Ministerio de Educación, imagino ahora desde la distancia, ya habría dicho algo al respecto de los viejos usos y costumbres de algunos de sus viejos profesores. Pero él no hace caso de las indicaciones ministeriales. Don Miguel sigue anclado en el pasado, y nos hace rezar al entrar y salir de sus clases, y nos hace ponernos firmes y formar en el patio, cuando hacemos gimnasia. A los que como yo, no somos capaces de hacer el pino, nos ridiculiza, nos llama caballos de palo, y nos advierte de lo mal que lo pasaremos cuando vayamos al servicio militar, que seremos carne de calabozo y del pelotón de los torpes. En clase de lengua, nos hace levantarnos a toda la clase y ponernos pegados a la pared, en fila, rodeando los pupitres, desde la pizarra a la puerta de entrada, en orden de mejor a peor nota, él nos va preguntando, y vamos ascendiendo puestos según contestemos bien o mal. Nos infunde un terror indescriptible, con su aspecto de hombre pequeño, moreno, calvo, con unas gafas metálicas bifocales con los cristales ligeramente ahumados, serio, bucólico, austero. De vez en cuando, los más díscolos, o simplemente los más rebeldes, sufren una de sus medidas de fuerza, el hostiazo en la cara, para después acabar de rodillas durante toda la hora próxima, con los brazos en cruz. Todo el mundo teme a don Miguel, nosotros, los demás profesores, los padres.
Los tres años desde quinto hasta octavo, se me hacen una eternidad. Don Hugo se va, dicen las lenguas que por obra y gracia de don Miguel, que no quiere rojos dando clase en "su" colegio y al que no le gustan los métodos modernos de enseñanza. Le sustituye un profesor de la capital, don Aquiles, un hombre bastante amanerado y que suscita enseguida nuestra crueldad infantil hacia su persona, y más rojo todavía que su predecesor. Se diría que el ministerio está dispuesto a amargar la existencia a don Miguel a base de mandarle profesores, a cual más bolchevique, para sus alumnos. Don Aquiles es un enamorado de la música clásica y músico aficionado. Introduce la materia de música en el colegio, nos enseña solfeo y nos pone discos de para que los escuchemos en clase. Al igual que don Hugo, don Aquiles nos da historia. En aquel año hay un referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, y don Aquiles, en clase, nos suelta un mitin al respecto, y nos da las razones de porque según él, España debe salir de la Alianza Atlántica. Este mitin llega a los oídos de don Miguel, el cual al día siguiente, en plena clase de lengua, nos suelta otro mitin, alegando razonamientos totalmente contrarios a los de don Aquiles, por supuesto a favor de nuestra permanencia en tan distinguida organización defensiva internacional.
Pasa el tiempo, acabo octavo, al año siguiente de dejar el colegio de mi pueblo, inauguran un colegio nuevo, con calefacción central, y con aulas grandes y limpias, sin humedad y sin frío, y con un patio amplio, con una pista de fútbol sala. La modernidad había entrado en El Llano. Ya no era un colegio destinado a que los hijos de los labradores de mi pueblo, supieran por lo menos leer y escribir y las cuatro reglas. Ya, parecía un colegio destinado a futuros bachilleres, a futuros universitarios, a futuros médicos, abogados, jueces, ingenieros.
Al poco tiempo, don Miguel se jubiló, al igual que se fueron jubilando el elenco de profesores que nos había dado clases a mi generación, unos mejores, otros peores, unos recordados con cariño, otros con odio.
Al año siguiente de acabar octavo, empecé a ir al instituto a hacer bachillerato, a El Monte. Lo dejé dos años después. Paradójicamente ningún niño de los que fue conmigo a clase durante la EGB en mi pueblo, terminó el bachillerato, igual que me sucedió a mi. Ninguno fuimos a la universidad. Supongo que para gozo de don Miguel, pues esta circunstancia le daba la razón, a él que pensaba que la educación en mi pueblo estaba hecha, exclusivamente, para que no fuéramos unos ignorantes, como lo fueron nuestros padres, pero eso si, no estaba hecha para que ninguno acabáramos en la universidad.
A veces cuando voy a mi pueblo, paseo junto al colegio nuevo, y me siento a observarlo largo rato. Ese edificio que se puso en funcionamiento, justamente un año después de dejar el colegio. Paseo por el pueblo, y me encuentro con antiguos compañeros de clase, que me cuentan que un hijo suyo está a punto de terminar farmacia, o está en tercero de medicina. Me doy cuenta entonces lo que han cambiado las cosas, de aspirar a ser un poco menos ignorantes que nuestros padres, a aspirar a terminar medicina, va un mundo.

martes, 2 de octubre de 2012

Toto.

Hará uno quince años que lo vi por última vez. Entonces trabajaba yo de camarero, con mi primo Cosme, en una cafetería de la capital. Allí se presentó, se había escapado del psiquiátrico una vez más, o lo habían dejado irse una vez más, quién sabe. Venía hecho una lástima, sin afeitar, despeinado, con la ropa sucia de haber dormido en cualquier parte. Nos pilló a Cosme y a mí cerrando, barriendo y fregando el suelo de la cafetería y colocando los taburetes encima de la barra. Nos pidió un cigarrillo, como él hacía siempre, con aquella frase que lo hizo célebre por toda la comarca: "Herrrrmano, dame un cigarro". Cosme intentó hacer la gracia que hacían con él todos en el pueblo. "Te lo doy si bailas",le dijo mi primo, y a renglón seguido él se puso a bailar al ritmo de las palmas de Cosme, que de vez en cuando se interrumpía para darle una colleja. Me dio pena, saqué el paquete de Fortuna de mi bolsillo y le dí dos o tres cigarrillos. "Déjalo ya. ¿No ves como viene?", le dije a mi primo para que terminara con el númerito. Cuando Toto consiguió lo que quería de nosotros, el tabaco, se escabulló hacia la puerta, miedioso quizás de que alguna colleja se escapara como despedida. Antes de salir del local se paró y me miró, y con la mano derecha, triunfante, levantó los tres cigarrillos que le dí. Nunca lo volví a ver más. Meses después de aquella noche me enteré que había muerto, en el psiquiátrico, totalmente ido, dicen que estaba hecho un vegetal, que apenas conocía a nadie de tan drogado como lo tenían a base de tranquilizantes; y me volvió a dar mucha pena.
Dicen que en todos los pueblos hay un cura, un alcalde, un boticario y un tonto. No se si Toto era el tonto de El Llano. Unos decían que estaba loco, otros que era tonto de remate y otros que simplemente era un sinvergüenza que no quería trabajar. Quizá fuera alguna de esas tres cosas, solamente, o quizá fuera las tres al mismo tiempo. Toto era hijo de José Coronel, un pequeño propietario, agricultor con tierras propias, hombre duro, muy religioso, y de Antonia Beltrán, que en contrapunto con su marido, a decir de las lenguas, era una mujer cándida y buene, con un carácter afable. Toto, además tenía un hermano pequeño, al que no conocí, que se fue emigrado muy joven a Barcelona y que rara vez se dejaba caer por El Llano. Toto vino al mundo en plena posguerra y muy pronto empezó a dar evidencias de cierta imbecilidad, aunque su padre no quisiera ni oir hablar del tema. Para él, su Joselito era de lo más normal, y si no lo era, si había salido torcido, ya se encargaría él de enderezarlo. Y así Toto fue creciendo, llendo a la escuela como cualquier otro niño de El Llano, y siendo objeto de la crueldad de los otros niños. Toto era simplemente el tonto, aquel que recibía todas las bromas pesadas, aquel que recibía todas las patadas y los pescozones, todas las burlas de los demás niños. Y así, entre bromas pesadas de sus compañeros de colegio, Toto fue creciendo en un mundo aparte, nadie jugaba con él, porque era el tonto y con el tonto no se jugaba, con el tonto se divertía uno, pero jamás se le llevaba como compañero de juegos, ya se sabe, los niños son crueles, para lo malo y para lo bueno.
Se hizo mayor y le tocó ir al servicio militar, como todos los jóvenes de su edad en el pueblo. La gente en el decía que como iba a ir Toto al ejército, si era un tonto de baba, si estaba loco, y fue el alcalde el que intentó convencer a su padre de que alegara el estado mental de su hijo, para que lo libraran de ir al servicio. Pero don José tenía otra forma de pensar, su hijo iría a la mili, como fue él, y antes que él su padre. Todos los Coronel habían cumplido con la patria y Joselito no iba a ser menos. Intentaron las fuerzas vivas, encabezadas por el alcalde convencer a don José. "Pero mira que eres terco, si fueras de otra manera habrías llevado a Joselito a un buen médico, y a lo mejor hoy, no te digo que sería normal, pero a lo mejor estaría de otra manera". No hubo nada que hacer y Toto tubo que ir al ejército. Y ya se sabe como las gastaban en el ejército en aquella época, que si los veteranos, que si los novatos, que si las novatadas. Toto sirvió a la tropa de conejillo de indias, de diana para todas sus crueldades, lo cual le produjo una idiotización o una locura, o llámese como se quiera llamar, aún mayor. El caso es que las autoridades militares lo tuvieron que licenciar, porque Toto intentó suicidarse, hasta tal punto llegó la crueldad de sus compañeros de cuartel. Así que volvió a casa, dicen que más trastornado que se fue. A partir de entonces, empezó a vagabundear por toda la comarca, y por la capital, y así, empezó a ser conocido por todo el mundo fuera de El Llano, como "el hermano", por su manía de soltar a todo el mundo la frase de: "Herrrmano, dame un cigarro".
Don José, su padre, en este tiempo envejeció cien años, todos los achaques que en el mundo eran se cebaron con él. Se quedó ciego y tenía que ir a todos lados ayudado por alguien. Por las tardes, cuando Toto estaba en el pueblo, acompañaba a su padre a dar un paseo por el campo, no alejándose mucho, las tardes en que hacía buen tiempo. Toto, guiaba a su maltrecho padre y lo metía por todos los charcos que veía, y lo hacía cruzar por alguno de los arroyos que circundan el pueblo, o le hacía meterse por las acequias cuando estas llevaban no más de un palmo de agua, y cuando lo llevaba de vuelta a casa, el pobre viejo iba de agua y de barro hasta las trancas. La gente decía entonces que esto lo hacía Toto por venganza contra su padre, por no haber permitido que alegara locura y lo libraran de la mili. Y así la vida de don José Coronel se fue apagando poco a poco, hasta que una tarde se cansó de vivir. Toto y su madre se quedaron solos en el mundo. Estaba el otro hijo del matrimonio, el hermano pequeño que emigró a Barcelona, pero este a decir de las lenguas, no quería saber nada ni de su madre, ni de su hermano mayor.
A partir de la muerte de don José, Toto empezó a vagabundear por los pueblos más si cabe. Fue entonces cuando su madre acudió al alcalde en busca de ayuda. Él era un hombre influyente, con contactos en la capital y podría mirar de que internaran a su Joselito, que no era malo en el fondo, pero que ella reconocía que no estaba bien, y que tenía miedo que cualquier día se lo trajeran muerto, atropellado por algún coche, o algo peor. El alcalde se hizo cargo y pronto consiguió que metieran a Toto en el Psiquiátrico provincial. Pero como los médicos de la institución, tras analizarlo a conciencia, decían que Toto, efectivamente tenía una enfermedad mental, pero no estaba para estar internado siempre, los años siguientes se los pasó entrando y saliendo del manicomio, para disgusto de su madre, pues la buena mujer pensaba que para nada habían servido los contactos del alcalde, ya que su hijo, seguía como perro sin amo, vagabundeando, de un pueblo a otro, todo el día en la calle, y que ella, pobre mujer viuda, no podía con él.
Y Toto fue envejeciendo, y supero la cuarentena y la cincuentena, como tonto oficial del pueblo, vagabundeando, ora en este pueblo, ora en este otro, ora en la capital, ora en el psiquiátrico, para disgusto de su santa madre. Cuando aparecía por El Llano, si iba por la plaza mayor, cuando por las tardes estaba repleta de jornaleros en busca de trabajo para el día siguiente, Toto servía de distracción a estos, como cuando era niño y era apaleado por los otros niños, o como cuando fue a la mili y acaparó todas las novatadas, a cual más cruel, de sus compañeros de cuartel. Toto era apaleado inmisericordemente, le pagaban un litro de tintorro si era capaz de bebérselo de un trago, le invitaban a tabaco se era capaz de fumarse dos cigarrillos a la vez, todo ello acompañado de patadas y pescozones. Siempre había alguien que pasaba por allí y llamaba la atención de los que le hacían las perrerías al pobre Toto: "Hombre, ¿no os da vergüenza?, reirse así de un pobre tonto", pero ellos seguían a la suyo y daban largas con un; "usted no se meta donde no le llaman", y seguían martirizando a Toto, que se dejaba martirizar, a cambio de un litro de vino y de unos cigarrillos, que acababa borracho perdido, sin tenerse en pie y objeto de las burlas de los labriegos, que se olvidaban de su pobreza, de la falta de trabajo, de las condiciones miserables en las que vivían, dando patadas o emborrachando al tonto del pueblo. Esto llegaba a oídos de doña Antonia, porque en un pueblo todo se sabe, y la buena mujer, decía siempre la misma frase a quien le decía esto o aquello de su hijo; "¡Ay!, si el buen Dios tuviera a bien llevarnos a los dos con él, porque mi hijo, el de Barcelona no quiere saber nada y el día que yo falte..."
Poco a poco, Toto fue a peor, casi no aparecía ya por su casa y si aparecía, a los pocos días estaba otra vez de vuelta en la calle, así que doña Antonia tomó la determinación de vender unas tierras que le quedaban y dar el dinero a las monjas del asilo de ancianos de la capital, a condición de que la acogieran a ella y a Toto. A ella la acogieron con gusto, pero lo de Toto fue harina de otro costal, como el asilo no era una cárcel, ni las monjas lo podían encerrar, Toto empezó a llevar la misma vida que cuando vivía con su madre en el pueblo, y solo acudía de cuando en cuando al asilo, hasta que un día ocurrió lo que su madre tanto temía, lo atropelló un coche que le dejó una pierna hecha un cisco. Por mediación de las monjas, se consiguió que Toto permaneciera siempre interno en el Psiquiátrico, y allí quedó, internado, salvo cuando se escapaba, a retomar otra vez el vagabundeo.
En el psiquiátrico estaba interno, cuando lo vi por última vez, con mi primo Cosme, sin afeitar, sucio, despeinado. Su madre había muerto meses antes, y la habían llevado a enterrar a el cementerio de El Llano. Parece que Dios oyó la petición que ella tanto le hacía, y Toto murió solamente un año justo después que ella. Lo enterraron en el Llano, también. Dicen que al entierro solamente asistió el hermano de Barcelona y su hijo, y unos pocos vecinos de la calle donde habían vivido toda la vida. Antes de irse, el hermano puso en una de las ventanas de la casa, un cartel de "Se Vende", con un número de teléfono de Barcelona debajo, para quien estuviera interesado en comprarla. No ha vuelto nunca más por El Llano. La casa sigue allí, cayéndose a trozos, con el cartel todavía colgando de una de la ventanas, y la gente cuando pasa por allí mira a la casa, medio en ruinas ya y dice: "Mira, esa es la casa de Toto". Curioso, cuando Toto pasó tan poco tiempo en esa casa.