viernes, 16 de enero de 2015

Navidad.

El primer recuerdo que me viene a la mente, de la Navidad en El Llano, es la niebla. Una niebla gris, opaca, pesada, plomiza, espesa. No como la niebla de Madrid, apenas una bruma ligera, no; una niebla de verdad, de las de no ver tres en un burro a una distancia de tres metros. Una niebla eterna, de las que se dejaban caer al alba y duraba hasta el ocaso, y así un día, y otro, y otro...

En mi infancia, en El Llano, la Navidad no era luces de colores, ni guirnaldas, ni nacimientos, ni árboles. Eso, todo lo más, lo veía uno en casa de la gente pudiente. En la casa común y corriente, por ejemplo la de mis abuelos, eso no existía. Se cenaba en Nochebuena en familia, si, y se tomaban las uvas en Nochevieja, claro, pero nada de guirnaldas, ni de luces, ni de nacimientos. Se diría que en aquella casa no había nada que celebrar. Quizá fuera porque mi madre se fue, murió un día de Nochebuena, años antes. Puede ser. Cuando alguien muere en una fecha de esas, la tristeza se encontrará siempre presente en esa casa, por mucho tiempo. El caso es que, en mi casa, la de mi familia, la Navidad no se recibía con mucha alegría.

Así pues, se contentaba uno con la niebla. Esos eran días en los que la escuela cerraba, venía la familia de fuera, eran días de lumbre en la cocina, en la grande y vieja chimenea que la presidía, de caldero, de brasero, de mesa camilla. Había tardes que la niebla se apiadaba y levantaba, se retiraba, parcialmente, lentamente, a mediodía, y la tarde relucía, y el pueblo recuperaba el tono blanco de la cal, y rojizo de sus tejados, el sol, débil del invierno reciente, convivía con el frío, y el cielo lucía un azul espléndido y luminoso. Por supuesto, era solamente una tregua, pues con la noche, volvía la niebla, que retornaba a enseñorearse de todo el valle, reclamándolo para si, con su vieja intensidad, haciendo valer sus poderes, pesados y plomizos.

El día de Nochebuena, alguien, algunos chicos, iban y venían por la calle grande, rascando una botella de anís vacía con una cuchara, golpeando una pandereta y cantando villancicos de puerta en puerta. Tras ellos, el silencio. La Nochebuena se vivía en cada casa, seguramente, de distinta manera. No deja de ser dura una cita, anual, en la que año a año, te das cuenta de que falta alguien a esa cita, que se sentaba en aquella silla del fondo, de espaldas al viejo aparador, bajo el retrato de los abuelos, que presidía la estancia, o junto a la ventana, o al pie de la puerta para poder así entrar y salir mejor desde la cocina.

El día de Nochevieja no era muy distinto. Alguien, ya viejo, decía que quizá este fuera su año definitivo. Aún así brindaba, y tomaba las uvas al son de las campanadas, dadas por el reloj de la Puerta del Sol, a través de la vieja televisión en blanco y negro. Se brindaba con cava, o con sidra, se tomaban turrones y mazapanes, se charlaba. Y fuera, en la calle, estaba la niebla, y el silencio.

Con los años, en mi pueblo, también se empezaron a adornar las calles con luces, y las casas con guirnaldas, con árboles y nacimientos. La Navidad empezó a ser una representación de mentira, como en todos lados. La prosperidad es lo que tiene, que es igual en todos lados. La gente sale esa noche, tras la cena, no como antaño que se quedaba en casa. La navidad es un  poco como en todos lados, ya no hay diferencia de una casa a otra, como cuando yo era niño. La Navidad es en color, con luces brillantes e intermitentes, con falsos paisajes nevados. Se consume, se come, se bebe, todo en demasía, no sabe uno bien por qué, quizá porque lo hacen en todos lados. Pero fuera, en la calle, cuando uno sale, la que sigue siempre ahí es la niebla, pesada, plomiza, omnipresente; para recordarnos quizá la Navidad que fue. Quién sabe. Todo ha cambiado en El Llano, menos la niebla.

2 comentarios:

  1. La niebla, eso era lo que más caracterizaba el ambiente en los pueblos sureños durante las fiestas de Navidad; aquellas noches que tratábamos de hacer interminables los mozos del lugar... En la mayoría de los casos, después de cenar, íbamos a buscar a la novia para ir juntos a la reunión que ya se había preparado, entre charlas y bailes, amenizados por un tocadiscos, sobre las tres se daba por terminada la velada. Pero los chicos no, los chicos, tras haber acompañado a nuestra pareja a su casa, teníamos otra reunión preparada en otro lugar apropiado; nos disponíamos a comernos una migas, ¡¡qué buenas estaban!!; sobre las seis de la mañana caían de maravilla... Y así entre bailes, migas y espesa niebla se pasaban aquellas fiestas muy difícil de olvidar, porque eran irrepetibles y porque no creo que las haya ahora mejores...

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