lunes, 24 de agosto de 2015

Limpieza.

Hoy no se nota tanto. Tanto da verano que invierno. Pero cuando yo era niño no era así. El verano, en El Llano, era algo así como tiempo de provisión. En el verano se trabajaba para ganar lo suficiente para poder pasar el invierno. En el verano había trabajo, sino en un sitio, en otro. También era la época de la limpieza de la casa, algo así cómo una limpieza especial y a fondo. Las mujeres, en agosto, ponían la casa patas arriba, se encalaba, se limpiaba, se restregaba, se volvía a encalar, limpiar y restregar, los patios, los corrales, los doblados, las fachadas con sus zócalos, las puertas, las ventanas, los cristales. Con una caña larga se llegaba arriba, alas vigas de madera, centenarias, y se limpiaban y se deshacía el laborioso trabajo que las arañar tejieron durante la primavera. Se llamaba al albañil para que corriera el tejado, y quitarra los matojos que crecieron al final del invierno, y su rocío helado, o al amparo de las lluvias de la primavera. Para encalar la fachada se llamaba al calero. 
La vieja casa, centenaria, quedaba limpia y reluciente, y durante semanas olía a cal nueva, y a sosa, y a jabón. Se barnizaban los viejos muebles, se lavaban las cortinas. Las mujeres de las casas caían rendidas y exhaustas, pero orgullosas por el trabajo. Si por un casual te veían con la pelota en la mano camino del patio recién encalado, con la intención de estrenar las paredes, ahora blancas como la nieve, te podías ganar una reprimenda con colleja incluida.
Hoy poca gente espera a agosto para hacer la limpieza. Los tejados ya no son aquellos, desiguales, de tejas rojizas colocadas una sobre otras, con desigual armonía. Hoy, los tejados son nuevos, uniformes, iguales. Las tejas van pegadas unas a otras, en filas iguales, como si fueran soldados en un desfile militar, perfectamente hechas para no dejar pasar el agua, y no necesitar por muchos años del maestro de obras. Ya no hay fachadas ni zócalos que pintar, pues se ha impuesto el granito y el gres, igual de uniformes e iguales que las tejas. Ya no hay lugar para el caldero, pues todo es pintura plástica.
Hoy las casas de El Llano son todo, menos rústicas, y son tan cómodas cono cualquiera de la ciudad. Los angostos son menos angostos en El Llano. Qué desilusión para los que hoy gustan de lo rústico en las ciudades, para los que lo antiguo se ha convertido en modernidad, para los que la desigualdad de antaño es un faro de modernidad. Que contrariedad que el encalado de las paredes resulte de lo más chic aquí en la ciudad, al igual que aquellos muebles de mi infancia. 
Voy a restaurantes, aquí en Madrid, con sus paredes blancas, simulando la cal de las paredes de las casas de mi pueblo, de las antiguas casas de mi pueblo. Qué desilusión, Señor, si se pasaran por El Llano, y comprobaran que en su mayor parte se ha convertido en un apéndice de la ciudad. El ladrillo ocupó el lugar del viejo mortero, la vieja piedra, la blanca cal, la parda teja. La calefacción central desplazó al antiguo hogar, y el aire acondicionado se cargó aquellas siestas tórridas de manta en el suelo y casa cerrada a cal y canto. 
No. Ya no hace nadie la limpieza en verano en mi pueblo. Nadie espera a agosto. El Llano es un mero grupo de casas, sin personalidad. La cal emigró a la ciudad; se vino conmigo, y la uso, cada agosto, para blanquear mis recuerdos...









4 comentarios:

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    1. Es el mismo, por error lo publiqué otra vez...

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  2. Este relato me ha regresado a mi infancia y pubertad, es muy parecido a lo que yo viví; me ha gustado mucho, porque a mí, digan lo que quieran del pasado, me gusta y quiero recordar...
    Cordial saludo

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  3. Gracias, es una pena que en muchos pueblos se hayan perdido tantas cosas. Saludos.

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