viernes, 6 de febrero de 2015

Oda al pan y circo.

Para el regente,  indispensable.
No hay droga más eficiente,
que al intelectual coeficiente
vuelva, de normal a inestable.

Aborrega; esto es constatable,
el rebaño sigue a Vicente,
capitán borrego de la gente,
general de una masa incontable.

Luchan gladiadores de mentira,
afilan sus viperinas lenguas,
cocodrilos de ojos llorosos,

frente a madamas de la ira,
propagadoras de bulo en leguas,
pan de cada día de los ociosos.

viernes, 16 de enero de 2015

Navidad.

El primer recuerdo que me viene a la mente, de la Navidad en El Llano, es la niebla. Una niebla gris, opaca, pesada, plomiza, espesa. No como la niebla de Madrid, apenas una bruma ligera, no; una niebla de verdad, de las de no ver tres en un burro a una distancia de tres metros. Una niebla eterna, de las que se dejaban caer al alba y duraba hasta el ocaso, y así un día, y otro, y otro...

En mi infancia, en El Llano, la Navidad no era luces de colores, ni guirnaldas, ni nacimientos, ni árboles. Eso, todo lo más, lo veía uno en casa de la gente pudiente. En la casa común y corriente, por ejemplo la de mis abuelos, eso no existía. Se cenaba en Nochebuena en familia, si, y se tomaban las uvas en Nochevieja, claro, pero nada de guirnaldas, ni de luces, ni de nacimientos. Se diría que en aquella casa no había nada que celebrar. Quizá fuera porque mi madre se fue, murió un día de Nochebuena, años antes. Puede ser. Cuando alguien muere en una fecha de esas, la tristeza se encontrará siempre presente en esa casa, por mucho tiempo. El caso es que, en mi casa, la de mi familia, la Navidad no se recibía con mucha alegría.

Así pues, se contentaba uno con la niebla. Esos eran días en los que la escuela cerraba, venía la familia de fuera, eran días de lumbre en la cocina, en la grande y vieja chimenea que la presidía, de caldero, de brasero, de mesa camilla. Había tardes que la niebla se apiadaba y levantaba, se retiraba, parcialmente, lentamente, a mediodía, y la tarde relucía, y el pueblo recuperaba el tono blanco de la cal, y rojizo de sus tejados, el sol, débil del invierno reciente, convivía con el frío, y el cielo lucía un azul espléndido y luminoso. Por supuesto, era solamente una tregua, pues con la noche, volvía la niebla, que retornaba a enseñorearse de todo el valle, reclamándolo para si, con su vieja intensidad, haciendo valer sus poderes, pesados y plomizos.

El día de Nochebuena, alguien, algunos chicos, iban y venían por la calle grande, rascando una botella de anís vacía con una cuchara, golpeando una pandereta y cantando villancicos de puerta en puerta. Tras ellos, el silencio. La Nochebuena se vivía en cada casa, seguramente, de distinta manera. No deja de ser dura una cita, anual, en la que año a año, te das cuenta de que falta alguien a esa cita, que se sentaba en aquella silla del fondo, de espaldas al viejo aparador, bajo el retrato de los abuelos, que presidía la estancia, o junto a la ventana, o al pie de la puerta para poder así entrar y salir mejor desde la cocina.

El día de Nochevieja no era muy distinto. Alguien, ya viejo, decía que quizá este fuera su año definitivo. Aún así brindaba, y tomaba las uvas al son de las campanadas, dadas por el reloj de la Puerta del Sol, a través de la vieja televisión en blanco y negro. Se brindaba con cava, o con sidra, se tomaban turrones y mazapanes, se charlaba. Y fuera, en la calle, estaba la niebla, y el silencio.

Con los años, en mi pueblo, también se empezaron a adornar las calles con luces, y las casas con guirnaldas, con árboles y nacimientos. La Navidad empezó a ser una representación de mentira, como en todos lados. La prosperidad es lo que tiene, que es igual en todos lados. La gente sale esa noche, tras la cena, no como antaño que se quedaba en casa. La navidad es un  poco como en todos lados, ya no hay diferencia de una casa a otra, como cuando yo era niño. La Navidad es en color, con luces brillantes e intermitentes, con falsos paisajes nevados. Se consume, se come, se bebe, todo en demasía, no sabe uno bien por qué, quizá porque lo hacen en todos lados. Pero fuera, en la calle, cuando uno sale, la que sigue siempre ahí es la niebla, pesada, plomiza, omnipresente; para recordarnos quizá la Navidad que fue. Quién sabe. Todo ha cambiado en El Llano, menos la niebla.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Los Santos.

Son Los Santos, y todas las mujeres de El Llano, pujan por poner el ramo de flores más grande y más hermoso a sus muertos. Voy con mi abuela Natalia al cementerio viejo. Entro y salgo de él, juego con otros niños en el hueco de los grandes eucaliptos de la entrada. Me canso de jugar, vuelvo a entrar en el cementerio viejo, no veo a mi abuela, estará en el nuevo. La busco allí, la encuentro. Está limpiando la tumba de mi madre. Voy junto a ella. me mira. La miro. Miro la tumba. Me dice que rece. Rezo. ¿Te acuerdas de tu madre? Vagamente, me acuerdo, de cuando estaba mala, y vino de Madrid con un caballo de plástico con ruedas para mí,contesto.  Mi madre venía de Madrid, con las huellas de la enfermedad en la mirada, y yo la extrañaba y me escondía tras las piernas del abuelo Ramiro, que me decía, anda, mira, si es Mama. Dale un beso; y yo seguía allí, pequeño, tímido, mirando a aquella extraña que me ofrecía aquel caballito con ruedas. Llegó un día que aquella extraña, mi madre, se fue para siempre. Y yo fui creciendo. Pobre, me decían, si tu madre estuviera aquí para verte; si te viera tu madre, y viera lo que has crecido, ella, la pobre, que se fue cuando tu no eras más que un bebito. ¿Té acuerdas de ella? Y vuelta a empezar, y vuelta a contar lo del caballito con ruedas cuando venía de Madrid, tan delgada y tan enferma, y así iré creciendo, entrando en la adolescencia, en la juventud, y aquel recuerdo estará perpetuo en mi mente, pero nadie me preguntará ya por él, porque quien me preguntaba, mi abuela, mi abuelo, también se irán.

Rezo y me salgo, y huelo el aire fresco de la tarde, y el aroma de los eucaliptos. Un grupo de niños se dirige al cementerio viejo, a la tumba sin nombre, donde, según cuentan, un cura y un soldado yacen, enterrados en el mismo nicho. Lo saben, porque la tumba es un nicho bajo, curvo por arriba, encalado, y tiene un agujero arriba, por donde se puede atisbar lo que hay dentro de la sepultura. Los chicos pujamos por subirnos a lo alto del nicho, y mirar lo que hay dentro. Todos lo hacemos. Yo, también. miro, y no veo nada, pero cuando baje, contaré que he visto la botonadura del uniforme del soldado, que es azul. Y que he visto la sotana negra del cura, y sus huesos, calaveras incluidas. Otros mentirosos me apoyarán, y afirmarán haber visto lo mismo. Lo cierto es que el miedo, y la oscuridad del interior de la tumba, hacen que en realidad no veamos nada, y el soldado y el cura, sea producto de una bravata de chavales, que desde hace tiempo, ocurre en El Llano, tantos como años lleva agujereada la vieja tumba, eso si, sin nombre. Pronto, alguien, adulto, quizá el cura, o uno de los municipales, nos llamará la atención, nos pedirá respeto en un lugar tan sagrado, y nos echará de allí. La verdad, es que esa tumba siempre estuvo vacía. No había en ella nadie, ningún cura, ningún soldado, nadie, y si los hubo alguna vez, hacía años que los sacaron de allí. Me enteraré años después, de mayor. Me lo dirá uno de los operarios del ayuntamiento, amigo y compañero mío, cuando recordemos aquellos años, y aquella tumba, y el me diga que aquellos nichos fueron derruidos, por que amenazaban caerse, y él, que estuvo presente, lo vio, y allí, no había nada.

Anochece. Voy donde mi abuela, que está dando los últimos retoques a la tumba de mi madre. Nos paramos frente al nicho. Silencio. A la abuela se le escapan unas lágrimas. Antes de irnos, se para a hablar con otras mujeres, ante otras tumbas. Padres, madres, hijos, nietos de El Llano. Conocidos todos. Unos enterrados hace tiempo. Otros, difuntos recientes. Antes de irnos, nos volveremos a pasar por el cementerio viejo, para ver la tumba de los abuelos, de los padres de mi abuela, limpia, blanca de cal, reluciente, atiborradas de flores, rojas y blancas. Una vez más, como cada año, la abuela dirá entre dientes que el día que ella no esté, nadie se ocupará de la tumba de sus padres. Salimos. El cementerio se ve limpio y blanco a esa hora de la anochecida, iluminado por cientos, miles de cirios, encendidos a la noche que va cayendo. Según vamos hacia el pueblo, miro hacia atrás, y los cirios encendidos hacen un efecto, luminoso en la noche. Es como si cada cirio representara a una de las almas de los que allí yacen, y todos juntos realzaran esa última morada.

Va refrescando. Llegamos a casa. Cenaré y me acostaré. Pensaré en mi madre, desconocida, de la que apenas tengo unos vagos recuerdos. Años después, ya mayor, veré sus huesos. Será tras la muerte de mi padre, poco antes de enterrarlo en aquel mismo nicho, junto a ella, en aquel mismo nicho que mi abuela con tanto ahínco limpiaba cuando yo era niño. Antes del entierro hubo que sacar los huesos de mi madre, y uno de sus hijos, yo, tuvo que estar presente durante la operación. Me sorprendió ver sus huesos, aunque tengo que decir, que asistí con interés. No recordaba de casi nada de mi madre, y por fin la iba a ver, aunque solo fueran sus huesos, como así fue. Cuando el enterrador sacó los trozos astillados y podridos por el tiempo del ataúd, y sus calavera y sus huesos, recé, como cuando era niño e iba con mi abuela a limpiar aquel nicho el día de Los Santos. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Los de fuera.

Era últimos de julio, principios de agosto, y ya se empezaban a ver los coches de los de fuera por el pueblo. Matrículas de Madrid, de Barcelona, de San Sebastián. Venían con sus 131 Supermirafiori, sus Simcas 1200, sus Citroen X Palas o sus Seat 124. Con la baca cargada hasta los topes. Venían los de fuera, los que se fueron una o dos décadas antes a ocupar barrios de bloques construídos a mansalva en la periferia de las grandes urbes, atraídos por la voz de las sirenas del desarrollismo tardofranquista. Dejaron El Llano y la comarca de La Vega. Ya se habían enterado que lo de la puesta en marcha del plan transformador de los 50, aquello de entregar tierras a quien no las tenían, e irrigarlas con el agua del Guadiana, no funcionaba. No les funcionó a sus padres, y ellos no se dejaron engañar,o no tuvieron paciencia, porque el hambre no engaña a nadie, no entiende de paciencias, el hambre es veraz, como el agua de un río, o como una tormenta de primavera, o como la escarcha del invierno. No se dejaron engañar y se fueron, a ocupar puestos en la construcción, o en la industria, a ahorrar y a trabajar como mulas para comprarse un piso en Alcorcón, o en Baracaldo, o en Hospitalet de Llobregat, y una tele, y un coche, y una lavadora automática, y volver en verano a El Llano, con su flamante coche, y ver a sus padres cada vez más viejos, y comprobar como nada cambiaba en aquel viejo pueblo del que salieron, como cada vez había menos cosas que les unían a él, quizá unos padres que se iban haciendo ancianos, unos recuerdos, según se mire, poca cosa.

Venían todos, con el calor del verano. Venían casados y con una prole de chicos. Chicos que nosotros veíamos distintos, que no los veíamos como nosotros, que éramos muchachos  de pueblo, y que nos contentamos con jugar al fútbol en el atrio de la parroquial de San Jaime, o a las canicas. Que conservamos un tebeo atrasado como oro en paño, y que los releíamos una y otra vez, que nos conformábamos con ver espagueti westerns, repetidos hasta el cansancio una y otra vez en el vetusto y anticuado Cine Hoolliwood. Chicos que traíann unas bicicletas de ruedas pequeñas y gruesas, plegables, perfectamente engrasadas, flamantes, con frenos y luces, y no como las nuestras, hechas a trozos, con el chasis de una vieja que usó el abuelo durante cuarenta años, y el manillar de otra del tío nosequién, sin frenos, y a las que les suenan todos los hierros, con unas ruedas desgastadas hasta la extenuación. Unos chicos que dicen que les "mola" tal o cual cosa, cuando quieren decir que les gusta, o que te llaman "tronco" o "colega", y dicen "chupi piruli", o "dabuten"; que se ríen de lo antiguos que somos, que pasan de ir al cine  porque esas "pelis" las tienen supervistas, que se ríen de los chabacano de la "disco" de verano del pueblo, hecha en un antiguo corral, o de la costumbre de vestirse de limpio los domingos, e ir a misa, que les divierte el pueblo, y el campo, que disfrutan de ellos, pero no lo sufren, porque para ellos, el viejo pueblo donde nacieron sus padres es eso, un viejo pueblo, un lugar de vacaciones, de retiro, de descanso, al que con el paso de los años, rara vez volverán, porque una mujer y unos hijos, ajenos más que ellos al pueblo, tiren de ellos hacia la costa, o a otros lugares de descanso y disfrute, y no hacia el viejo pueblo de sus padres y sus abuelos. .

Pero mientras son críos, vendrán cada año. Ellos, con sus padres, que son nuestros tíos, que han nacido aquí, que han perdido el acento, y nosotros los vemos distintos de nuestros padres, que al lado de ellos, nos parecen toscos y anticuados. Sentimos envidia de ellos, y soñamos con algún día volar de El Llano, e ir a Madrid, o a Barcelona, o a Bilbao, y bajar todos los veranos en nuestro flamante coche, con nuestra mujer y nuestros hijos. Y salir a "tomar el vermú" y no a "echar una cerveza", como hacen nuestros padres aquí. Los vemos más jóvenes que nuestros padres, y más abiertos. Comprobamos que han dejado atrás los viejos prejuicios pueblerinos. Comprobamos que han dejado atrás su pueblo, al que solo les une sus ancianos padres, a los que sus hijos llaman yayos, y no abuelo como se hace en El Llano, a los que ellos, cuando vienen, todavía dedican un día en ayudarles en las tareas del campo, para demostrar a su prole, quizá, que eran verdad las historias de siega y hambre que tantas veces les ha contado allá, en la gran ciudad,, y que ellos, sus hijos, tantas veces, incrédulos pusieron en duda, o tomaron por exageradas. .

Hoy, yo, he salido de El Llano. Vivo en Madrid. No tengo coche. Voy a mi pueblo de higos a peras. Hoy, ya nadie de aquí deslumbra a nadie de allí. Quizá sea porque hoy las diferencias  entre aquello y esto, no son tantas. Quizá sea porque tampoco lo eran entonces, y nos deslumbraba mucho el brillo de aquel coche que llevaban los de fuera, y no nos deslumbraba el esfuerzo que habían tenido que empeñar en comprárselo. Quizá fuera porque las luces de la gran ciudad siempre deslumbraron demasiado a las gentes sencillas de un pueblo. Puede ser. Cuando vuelvo a mi pueblo, las pocas veces que voy, me pregunto si los de allí me verán como veíamos entonces nosotros a los de fuera. Incluso, me preocupo en conservar el acento de allí, y de forzarlo, si es necesario cuando voy, porque se que los acentos cambian, y se pegan, o se pierden, o se modifican. Intento que el desarraigo no me torture aquí, y la pedantería no insulte a mis paisanos allí, cuando voy. No se si lo consigo. Sólo sé que cada día echo más de menos El Llano, y ya no me deslumbran tanto las luces de la gran ciudad, como deslumbraban entonces, cuando venían los de fuera, y ellos lo tenían todo, y nosotros nada, y ellos eran modernos, y se superponían a nuestra antigüedad vetusta y llana.

Hoy, ya no hay una invasión de los de fuera, entre julio y agosto. Muchos de ellos, hoy son unos ancianos, jubilados, que han vuelto a El Llano, a pasar sus últimos años allá. Sus hijos, aquellos chicos que iban verano tras verano al pueblo cuando yo era niño, quedaron aquí, en la ciudad. Son de aquí, morirán aquí, han echado raíces aquí. Todo lo más que tienen allá, es un padre anciano que decidió volverse a una casa, que durante años, fue su lugar de vacaciones. Hoy veo allí a estos ancianos de ahora, jóvenes de ayer, y ya no me parecen tan vitales, y tan desinhibidos, ni tan abiertos. Quizá es que hayan vuelto a encontrar su yo cuando han vuelto al pueblo. Cuando voy a El Llano y me topo con los que vivieron aquí en Madrid, cuando me paran para saludarme, me preguntan por esto. La nostalgia, pienso,el desarraigo, de una vida a caballo entre esto y aquello. Los veo a ellos, y me veo a mi con su edad, quizá en El Llano, paseando mi nostalgia de allí, y de aquí, mi desarraigo, y me maldigo mil veces por haber emigrado. Por haberme dejado deslumbrar por las luces de la gran ciudad, y me resigno a seguir un camino que ya no tiene remedio.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Silencio

La inspiración a horas perdidas,
a tu ritmo me llena en la tarde,
rota por la ciudad en la que arde,
mi pena y mi añoranza fenecidas.

Silencio, de fronteras definidas,
sin embargo cada día haces alarde,
e incitas a que el recuerdo escarde,
en mi mente sus yerbas preferidas.

En un silencio eterno viviremos,
si vivir, es vivir cuando se muere,
mientras, al silencio acudiremos,

como acude el sediento a la fuente.
Nuestra sed de silencio saciaremos
antes de apagarnos eternamente.

martes, 7 de octubre de 2014

Un reto.

Era, mi pequeño piso alquilado, apenas un apartamento.
Diminuto, pequeño, mínimo.
¡Pero qué vistas!.
Los tejados de la ciudad, el cielo azul, gris,
de la tarde,
de la mañana,
la noche opaca novilunia,
la noche clara, plenilunia.
¡Qué vistas!
Lo he dejado. El apartamento, digo.
Me mudé a un piso más grande,
más cómodo,
muy luminoso, también,
desde donde sólo se ve la vida
de ladrillo rojo y persianas bajadas
del vecino enfrente.
No se ve la ciudad,
ni sus tejados con sus antenas,
ni su horizonte,
ni su lejanía,
ni su proximidad.
A partir de ahora me los tendré que imaginar.
Todo un reto...

lunes, 1 de septiembre de 2014

Haciendo números.

El que tiene cien, quiere tener ochenta.

El que tiene ochenta, quiere tener sesenta.

El que tiene sesenta, quiere tener cuarenta.

El que tiene cuarenta, quiere tener veinte.

Me refiero a años, claro...